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sábado, noviembre 19, 2011

"Adieu" Arthur Rimbaud


Arthur Rimbaud, eternamente joven, Carjat, 1871

En el último capítulo de "Una temporada en el infierno", Rimbaud nos ofrece el final de una historia y a la vez el producto de una profunda reflexión. La caída de un joven poeta tras haber tomado la decisión de rebelarse contra la sociedad y contra los valores establecidos. Un texto al borde de la locura y de la muerte en el que toma la decisión de huir del infierno mediante la aceptación de la realidad, pero ¿A qué se refería en realidad Rimbaud?, tal vez sea el anuncio de su ruptura definitiva con la poesía, pero no creo que quisiera abrazar valores tradicionales, sino más bien la búsqueda de una tercera vía alejada tanto de sus errores como de los convencionalismos. Este texto sería musicado por Léo Ferré, apareciendo en el álbum de 1991 "Une Saison en enfer" dedicado íntegramente a Rimbaud y desligado de su anterior trabajo de 1964 "Verlaine et Rimbaud"



ADIÓS

¡Llegó el otoño! -Pero, ¿por qué añorar un sol eterno si estamos comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina-, lejos de las gentes que mueren durante las estaciones?

Otoño. Nuestra barca surgida de entre las brumas inmóviles se encamina hacia el puerto de la misera, la ciudad enorme con el cielo manchado de fuego y de fango. ¡Ah, los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me han crucificado! ¡No terminará nunca, entonces, nunca, esta vampira reina de millones de almas y de cuerpos muertos y que serán juzgados! Me veo de nuevo con la piel roída por el barro y la peste, llenos de gusanos los cabellos y las axilas y con gusanos más grandes todavía en el corazón, abandonado entre desconocidos sin edad, sin sentimiento... Podría haber muerto allí... ¡Horrible evocación! Maldigo la miseria.

Y desconfío del invierno porque es la estación de la comodidad.


Léo Feré

A veces veo en el cielo playas infinitas, cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran bajel de oro encima de mí, agita sus gallardetes multicolores en las brisas mañaneras. He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He intentado inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. He creído adquirir poderes sobrenaturales. Pues bien ¡tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador apasionado!

¡Yo! Yo que me he llamado mago o ángel, dispensado de toda moral, he sido devuelto a la tierra, con un deber que buscar y una realidad rugosa por abrazar.¡Campesino!

¿Estoy equivocado? La caridad para mí ¿sería hermana de la muerte? En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentiras. Vámonos.

¡Pero ni una mano amiga! ¿Y de dónde extraer el socorro?

Sí, la hora nueva es al menos muy severa.


Gilles Droulez

Puesto que puedo decir que alcancé la victoria: el rechinar de dientes, los silbidos del fuego, los suspiros apestosos que se moderen. Todos los recuerdos inmundos se disipan. Mis últimas lamentaciones se retiran -para envidia de los mendigos, los salteadores, los amigos de la muerte, los retrasados de toda especie-. Condenados, ¡Si yo me vengara!

Hay que ser absolutamente moderno.

Nada de cánticos: mantener el paso ganado. ¡Dura noche! La sangre reseca vahea sobre mi rostro, y no tengo nada tras de mí, ¡salvo este horrible arbolillo!... El combate espiritual es tan brutal como la batalla entre los hombres; pero la visión de la justicia es sólo placer de Dios.

No obstante, es la víspera. Recibamos todos los impulsos de vigor y de ternura real. Y, a la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.

¡Qué hablaba yo de mano amiga! Ya es una ventaja que pueda reírme de los viejos amores mentirosos y llenar de vergüenza e esas parejas embusteras -he visto el infierno de las mujeres allá abajo-; y me será permitido poseer la verdad en un alma y en un cuerpo.

Abril-agosto, 1873

Arthur Rimbaud, "Una temporada en el infierno"

lunes, abril 26, 2010

Rimbaud, el esposo infernal


Foto tomada entre 1880 y 1890 en el Hotel Universo de Aden (Yemen) y en la que aparece Rimbaud (el primer hombre por la derecha)
 
La lectura de la noticia del descubrimiento, por parte de dos libreros parisinos, de un retrato de Arthur Rimbaud cuando contaba unos 30 años y había abandonado la creación poética para convertirse en un traficante de armas, me ha hecho recordar el pasaje "Delirios I" de "Una temporada en el infierno". Obra surgida tras los hechos acaecidos en julio de 1873 cuando, tras una pelea extremadamente violenta, Verlaine disparó a Rimbaud en en la muñeca. Rimbaud temiendo por su vida llamó a la policía, lo cual llevaría al arresto de Verlaine, y a su posterior condena a dos años de prisión. El juez tuvo en cuenta tanto el examen médico legal como la comprometedora correspondencia entre ambos y las acusaciones de la esposa de Verlaine respecto a la naturaleza de la "amistad" entre los dos hombres, así como desestimó la retirada de la denuncia por parte de Rimbaud.
 
 
Tras la ruptura escribiría este largo poema en prosa, única obra publicada personalmente por Rimbaud, en "Delirios I: La virgen necia" Narra la historia de una mujer que se siente esclavizada a su esposo infernal, quien la engaña y enamora con falsas promesas. En realidad en este capítulo Rimbaud alude a su tormentosa relación con Verlaine, la virgen loca no es otro que Verlain y el esposo infernal Rimbaud.


Delirios I: La virgen loca

El esposo infernal

Escuchemos la confesión de un compañero del infierno:

«Oh divino Esposo, mi Señor, no rechacéis la confesión de la más triste de vuestras sirvientas. Estoy perdida. Estoy borracha. Estoy impura. ¡Qué vida!

»¡Perdón, divino Señor, perdón! ¡Ah, perdón! ¡Qué de lágrimas! ¡Y qué de lágrimas espero más tarde, todavía!

»¡Más tarde, conoceré al divino Esposo! Yo nací sometida a El.

-¡El otro puede golpearme ahora!

»¡Ahora, estoy en el fondo del mundo! ¡Oh amigas mías!... no, no sois mis amigas... Jamás delirios ni torturas semejantes ... ¡Es idiota!

»¡Ah! yo sufro, grito. Sufro en verdad. Sin embargo, todo me está permitido, cargada con el desprecio de los más despreciables corazones.

»En fin, hagamos esta confidencia, aunque haya de repetírsela veinte veces más, ¡igualmente sombría, igualmente insignificante!

»Yo soy esclava del Esposo infernal, aquel que perdió a las vírgenes locas. Es precisamente ese demonio. No es un espectro, no es un fantasma. Pero a mí, que he perdido la prudencia, que estoy condenada y muerta para el mundo, ¡no me han de matar! ¡Cómo describíroslo! Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de duelo, lloro, tengo miedo. ¡Un poco de frescura, Señor, si lo consentís, si así lo consentís!

»Yo soy viuda ... Era viuda ... por cierto que sí, yo era muy seria antaño, ¡y no nací para convertirme en esqueleto!...

El era casi un niño... Sus delicadezas misteriosas me sedujeron. Olvidé todo mi deber humano para seguirlo. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No pertenecemos al mundo. Yo voy adonde él va, no hay qué hacerle. Y a menudo él se encoleriza contra mí, contra mí, una pobre alma. ¡El Demonio! Porque es un Demonio, sabéis, no es un hombre.

»El dice: "Yo no amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor, es cosa sabida. Ellas no pueden desear más que una posición segura. Conquistada la posición, corazón y belleza se dejan de lado: sólo queda un frío desdén, alimento del matrimonio hoy por hoy. O bien veo mujeres, con los signos de la felicidad, de las que yo hubiera podido hacer buenas camaradas, devoradas desde el principio por brutos sensibles como fogatas ..."

»Yo lo escucho hacer de la infamia una gloria, de la crueldad un hechizo. "Soy de raza lejana: mis padres eran escandinavos; se perforaban las costillas, se bebían la sangre. Yo me voy a hacer cortaduras por todo el cuerpo, me voy a tatuar, quiero volverme horrible como un mongol: ya verás, aullaré por las calles. Quiero volverme loco de rabia. Jamás me muestres joyas, me arrastraría y me retorcería sobre la alfombra. Mi riqueza, y o la querría toda manchada de sangre. Jamás trabajaré ..."

»Muchas noches, como su demonio se apoderara de mí, nos molíamos a golpes, ¡yo luchaba con él! Por las noches, ebrio a menudo, se embosca en las calles o en las casas, para espantarme mortalmente. "De veras, me van a cortar el pescuezo; va a ser asqueroso". ¡Oh! esos días en que quiere aparecer con aires de crimen.

»A veces habla, en una especie de dialecto enternecido, de la muerte que trae el arrepentimiento, de los desdichados que indudablemente existen, de los trabajos penosos, de las partidas que desgarran el corazón. En los tugurios donde nos emborrachábamos, él lloraba al considerar a los que nos rodeaban, rebaño de la miseria. Levantaba del suelo a los beodos en las calles oscuras. Sentía la piedad de una mala madre por los niños pequeños. Ostentaba gentilezas de niñita de catecismo. Fingía estar enterado de todo, comercio, arte, medicina. ¡Yo lo seguía, no había nada que hacer!

»Veía todo el decorado de que se rodeaba en su imaginación; vestimentas, paños, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro. Yo veía todo lo que lo emocionaba, como él hubiera querido crearlo para sí. Cuando me parecía tener el espíritu inerte, lo seguía, yo, en acciones extrañas y complicadas, lejos, buenas o malas: estaba segura de no entrar nunca en su mundo. Junto a su querido cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he velado, preguntándome por qué deseaba tanto evadirse de la realidad. Jamás hombre alguno tuvo ansia semejante. Yo me daba cuenta -sin temer por él- que podía ser un serio peligro para la sociedad. ¿Quizá tiene secretos para transformar !a vida? No, no hace más que buscarlos, me replicaba yo. En fin, su caridad está embrujada y soy su prisionera. Ninguna otra alma tendría suficiente fuerza -¡fuerza de desesperación!- para soportarla, para ser protegida y amada por él. Por lo demás, yo no me lo figuraba con otra alma: uno ve su Ángel, jamás el Ángel ajeno-según creo-. Yo estaba en su alma como en un palacio que se ha abandonado para no ver una persona tan poco noble como nosotros: eso era todo. ¡Ay! dependía de él por completo. ¿Pero qué pretendía él de mi existencia cobarde y opaca? ¡Si bien no me mataba, tampoco me volvía mejor! Tristemente despechada, le dije algunas veces: "Te comprendo". El se encogía de hombros.

»Así, como mi pena se renovara sin cesar, y como me sintiera más extraviada ante mis propios ojos -¡como ante todos los ojos que hubieran querido mirarme, de no haber estado condenada para siempre al olvido de todos!- tenía cada vez más y más hambre de su bondad. Con sus besos y sus abrazos amistosos, yo entraba realmente en un cielo, un sombrío cielo, en el que hubiera querido que me dejaran pobre, sorda, muda, ciega. Ya empezaba a acostumbrarme. Y nos veía a ambos, como a dos niños buenos, libres de pasearse por el Paraíso de la Tristeza. Nos poníamos de acuerdo. Muy emocionados, trabajábamos juntos. Pero después de una penetrante caricia, me decía: "Cuando yo ya no esté, qué extraño te parecerá esto por que has pasado. Cuando ya no tengas mis brazos bajo tu cuello, ni mi corazón para descansar en él, ni esta boca sobre tus ojos. Porque algún día, tendré que irme, muy lejos. Pues es menester que ayude a otros: tal es mi deber. Aunque eso no sea nada apetitoso... alm4a querida..." De inmediato yo me presentía, sin él, presa del vértigo, precipitada en la sombra más tremenda: la muerte. Y le hacía prometer que no me abandonaría. Veinte veces me hizo esa promesa de amante. Era tan frívolo como yo cuando le decía: "Te comprendo".

»Ah, jamás he tenido celos de él. Creo que no ha de abandonarme. ¿Qué haría? No conoce a nadie, jamás trabajará. Quiere vivir sonámbulo. ¿Bastarían su bondad y su caridad para otorgarle derechos en el mundo real? Por momentos, olvido la miseria en que he caído: él me tornará fuerte, viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos sobre el empedrado de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin penas. O yo me despertaré, y las leyes y, las costumbres habrán cambiado-gracias a su poder mágico-; el mundo, aunque continúe siendo el mismo, me dejará con mis deseos, con mis dichas, con mis indolencias. ¡Oh! me darás la vida de aventuras que existe en los libros para niños, como recompensa, por tanto como he sufrido? Pero él no puede. Yo ignoro su ideal. Me ha dicho que siente nostalgias, esperanzas: eso no debe concernirme. ¿Le habla a Dios?

»Quizá debiera yo dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y ya no sé orar.

»Si él me explicara sus tristezas, ¿las comprendería yo mejor que sus burlas? Me ataca, pasa horas avergonzándome con todo lo que ha podido conmoverme en el mundo; y se indigna si lloro.

»"¿Ves a ese joven elegante que entra en una hermosa y tranquila residencia? Se llama Duval, Dufour, Armando, Mauricio, ¿qué sé yo? Una mujer se ha consagrado a amar a ese malvado idiota: ella ha muerto, y es seguro que ahora es una santa en el cielo. Tú causarás mi muerte, como él causó la muerte de esa mujer. Esa es la suerte que nos toca a nosotros, corazones caritativos..." ¡Ay! había días en que todos los hombres con sus actos parecíanle juguetes de grotescos delirios: y, se reía espantosamente, durante largo rato. Luego, recuperaba sus maneras de joven madre, de hermana querida. ¡Si fuera menos salvaje, estaríamos salvados! Pero también su dulzura es mortal. Yo me le someto. ¡Ah, estoy loca!

»Acaso un día desaparezca maravillosamente; pero es menester que yo sepa si ha de subir a algún cielo, ¡que pueda ver un poco la asunción de mi amiguito!»

¡Vaya una pareja!

Fragmento de "Una temporada en el infierno" Arthur Rimbaud



Con esta nueva imagen Rimbaud deja, en cierta sentido, de ser el poeta con eterna imagen de adolescente debido a la hasta ahora única fotografía nítida que se tenía de él, la tomada en 1872 por Étienne Carjat, aunque el poder de una imagen que ha acabado siendo un icono es muy difícil de desterrar.

Enlace: http://es.wikisource.org/wiki/Una_temporada_en_el_Infierno

+ Información

http://abardel.free.fr/index.htm

 

 

miércoles, abril 04, 2007

Arthur Rimbaud



Corazón robado ("Le Coeur volé")

Mi triste corazón babea a popa,
mi corazón lleno de tabaco:
sobre él arrojan escupitajos,
mi triste corazón babea a popa:
bajo las burlas de la tropa
que suelta una risotada general,
mi triste corazón babea a popa,
¡mi corazón lleno de tabaco!

Itifálicos y sorchescos
sus insultos lo han depravado!
En la velada narran relatos
itifálicos y sorchescos.
¡Oleajes abracadabrantescos,
tomad mi corazón, salvadlo!
¡Itifálicos y sorchescos
sus insultos lo han depravado!

Cuando sus chicotes hayan cesado,
¿Cómo actuar, oh corazón robado?
Se oirán estribillos báquicos
cuando sus chicotes hayan cesado:
tendré sobresaltos estomáquicos
si degradan mi triste corazón.
Cuando sus chicotes hayan cesado,
¿cómo actuar, oh corazón robado?


Arthur Rimbaud 1871

Este poema de Rimbaud fue escrito a los 17 años, tras la que se cree fue su primera experiencia sexual con un grupo de soldados en los cuarteles de la Rue Babylone en París.


Le Cœur volé

Mon triste cœur bave à la poupe,
Mon cœur couvert de caporal :
Ils y lancent des jets de soupe,
Mon triste cœur bave à la poupe :
Sous les quolibets de la troupe
Qui pousse un rire général,
Mon triste cœur bave à la poupe,
Mon cœur couvert de caporal.

Ithyphalliques et pioupiesques,
Leurs quolibets l’ont dépravé.
Au gouvernail on voit des fresques
Ithyphalliques et pioupiesques.
O flots abracadabrantesques
Prenez mon cœur, qu’il soit lavé.
Ithyphalliques et pioupiesques
Leurs quolibets l’ont dépravé !

Quand ils auront tari leurs chiques
Comment agir, ô cœur volé ?
Ce seront des hoquets bachiques
Quand ils auront tari leurs chiques
J’aurai des sursauts stomachiques :
Moi, si mon cœur est ravalé :
Quand ils auront tari leurs chiques
Comment agir, ô cœur volé ?