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martes, octubre 16, 2012

Paul Verlaine: "Languidez"


Paul Verlaine, hacia 1870 - Etienne Carjat

Langueur

A Georges Courteline.


Je suis l’Empire à la fin de la décadence,
Qui regarde passer les grands Barbares blancs
En composant des acrostiches indolents
D’un style d’or où la langueur du soleil danse.

L’âme seulette a mal au coeur d’un ennui dense.
Là-bas on dit qu’il est de longs combats sanglants.
O n’y pouvoir, étant si faible aux voeux si lents,
O n’y vouloir fleurir un peu de cette existence!

O n’y vouloir, ô n’y pouvoir mourir un peu!
Ah! tout est bu! Bathylle, as-tu fini de rire?
Ah! tout est bu, tout est mangé! Plus rien à dire!

Seul, un poème un peu niais qu’on jette au feu,
Seul, un esclave un peu coureur qui vous néglige,
Seul, un ennui d’on ne sait quoi qui vous afflige!

Paul Verlaine: "Langueur"

Languidez

A Georges Courteline.

Yo soy el imperio al fin de la decadencia
que mira pasar a los grandes bárbaros blancos
componiendo acrósticos indolentes en un estilo
de oro donde la languidez del sol danza.

Sola, el alma se marca en un denso hastío.
Allí abajo, se dice, hay combates sangrientos.
¡Y nada poder, débil con deseos tan lentos,
y no querer florecer un poco esta existencia!

¡Y no querer, ay, y no poder morir un poco!
¡Ah, todo está bebido! Bathyllo, ¿acabas de reir?
¡Ah, todo está bebido, comido! ¡Nada más que decir!

Sólo, un poema algo bobo que tiramos al fuego;
sólo, un esclavo algo juerguista que os abandona;
sólo, un tedio de no se sabe donde, ¿qué os aflige?"

Paul Verlaine: "Languidez"

martes, junio 26, 2012

"La casa de la ramera" Oscar Wilde

Oscar Wilde, 1892

"La casa de la ramera"

Seguimos los pasos de unos pies que danzaban;
vagábamos por las calles a la luz de la luna
y nos detuvimos ante la casa de la ramera.

Adentro, por encima de la tromba y la refriega,
los músicos tocaban con furia
el «Treues Liebes Herz» de Strauss.

Como extrañas maquinarias grotescas,
dibujando arabescos fantásticos,
las sombras corrían por la cortina.

Vimos girar a los bailarines espectrales
al son de la trompa y el violín,
como hojas negras agitándose al viento.

Igual que autómatas de alambre,
los esqueletos de silueta tenue
movíanse sigilosos mientras danzaban la lenta cuadrilla.

Se tomaron unos a otros de la mano,
y bailaron una zarabanda majestuosa.
Sus risas resonaban diáfanas y estridentes.

A veces una figurilla de reloj estrechaba
en sus brazos a un amante fantasma;
a veces parecía que intentaba cantar.

A veces una horrible marioneta
salia y fumaba un cigarrillo.
sobre los escalones, como si tuviera vida.

Entonces, volviéndome a mi amor dije,
«Los muertos bailan con los muertos,
el polvo gira con el polvo».

Pero ella... ella oyó el violín,
y dejó mi lado, y entró:
el amor pasó a la casa de la lujuria.

Luego, de pronto, la tonada se volvió falsa,
los que danzaban se cansaron del vals,
las sombras cesaron de girar y agitarse.

Y por la calle larga y silenciosa,
la aurora, ataviados los pies con sandalias de plata,
se deslizó como una muchacha asustada.

Oscar Wilde

martes, abril 17, 2012

Carta de Oscar Wilde a su amigo Robert Ross desde la cárcel de Reading


Oscar Wilde, 1885

"La vida, que tanto he amado -demasiado- me ha despedazado como un tigre, así que cuando vengas a verme comprobarás la desastrosa ruina en que se ha convertido lo que en otro tiempo fue maravilloso y brillante y terriblemente improbable"
Oscar Wilde


Extracto de la carta de Oscar Wilde a su amigo Robert Ross desde la Cárcel de Reading en noviembre de 1986. En ella habla entre otras cosas sobre su tormentosa relación con Lord Alfred Douglas a quien va dedicado lo que para muchos es su testamento literario "De Profundis":

Robert Baldwin Ross

"[...] Hay una espina con todo- tan dolorosa como la de san Pablo, aunque distinta-, que tengo que sacarme de la carne en esta carta. Ha sido provocada por un mensaje que escribiste en un trozo de papel para que yo lo viera. Creo que si guardara el secreto crecería en mi cabeza (como las alimañas crecen en la oscuridad) y se harían un sitio entre los pensamientos terrible que me corroen...ya que el pensamiento no es, para quienes esperan solos, encadenados y en el silencio, "esa cosa viviente y atada", como Platón imaginó, sino una cosa muerta que cría algo horrible, como el lodo que muestra monstruos a la luna.

Me refiero por supuesto, a lo que dijiste sobre perder las simpatías de otros, o el riesgo de que eso suceda, por culpa de la profunda amargura de los sentimientos que expresé a lord Alfred Douglas [...]Con pocas excepciones, la simpatía de los demás me afecta; su pérdida muy poco. Ningún hombre en mi posición puede caer en la ciénaga de la vida sin que sus inferiores sientan gran piedad; y sé que si las obras duran demasiado, los espectadores se cansan, Mi tragedia ha durado demasiado: su clímax ha terminado: su final es mezquino; y tengo la seguridad de que cuando llegue de verdad el final retornaré a un mundo que no me quiere, como visitante no deseado; un revenant, como lo llaman en francés, como una persona con el rostro gris tras un largo encierro, y contorsionado por el dolor. Por horribles que sean los muertos cuando salen de sus tumbas, los vivos que salen de tumbas son aún más horribles.

De esto soy muy consciente. Cuando uno ha estado en una celda de prisión durante dieciocho meses, ve las cosas y la gente como son en realidad. Y verlo le convierte a uno en piedra. No creas que le culparía a él de mis vicios. Él tuvo tan poco que ver con eso como yo con los suyos. La naturaleza fue en este tema madrastra para ambos. Le culpo por no apreciar al hombre al que arruinó. Un millonario analfabeto le habría sido más conveniente. Mientras mi mesa estuviera roja de vino y rosas, ¿qué le importaba? Mi genio, mi vida como artista, mi trabajo y la tranquilidad que necesitaba para ello, no eran nada para él cuando se comparaban con su gusto, incontenido y bajo, por una vida de derroche y vulgaridad; su avaricia, sus escenas violentas y continuas; su egoísmo sin imaginación. Una y otra vez intenté, durante aquellos dos fatigosos años perdidos escapar, pero siempre me retuvo con él, sobre todo con amenazas de causarse daño. Pero cuando su padre vio en mí un modo de irritar a su hijo, y el hijo vio en mí la oportunidad de llevar a su padre a la ruina, y yo quedé entre dos personas deseosas de insana notoriedad, a quienes nada importaba , salvo su propio odio mutuo, cada uno empujándome por su parte, uno con tarjetas públicas y amenazas, el otro con escenas privada, o mejor dicho, semipúblicas y amenazas en cartas, pullas, comentarios sarcásticos...admito que perdí la cabeza. Le dejé hacer todo lo que le pareció. Estaba ciego, era incapaz de juicio. Di un paso fatal. Y ahora...aquí estoy en un banco de mi celda en prisión. En toda tragedia hay un elemento grotesco. Él es el elemento grotesco de la mía. No pienses que no reconozco mi culpa. Me maldigo día y noche por consentirle que dominase mi vida. Si estas paredes tuvieran eco, se oiría en ella gritar "IDIOTA" eternamente. Estoy totalmente avergonzado de mi amistad con él. Pues a los hombres se les puede juzgar por sus amistades. Es una de las pruebas que define a un hombre. Y mi vergonzosa degradación me parece más mortificante por mi amistad con Alfred Douglas..Pues como resultado de haberme dejado empujar a la trampa que me había tendido Queensberry (padre de Alfred Douglas) -la trampa en la que apostó públicamente en el Club Orleans que me haría caer- como resultado de eso, el padre pasará a la historia como uno de esos grandes padres de historias morales: el hijo como el niño Samuel: y yo en la más detestable ciénaga de Malebolge, entre Gilles de Retz y el Márques de Sade.

En ciertos lugares a nadie, excepto a quienes están realmente locos, se les permite reír, y de hecho, aún en este caso va contra el reglamento: de no ser por eso, me reiría de todo esto..Por lo demás, no permitas que Alfred Douglas imagine que el atribuyo motivos poco dignos. Lo cierto es que no ha tenido motivos en su vida. Los motivos son intelectuales. Lo que él tiene son pasiones. Y tales pasiones son Dioses Falsos que necesitan víctimas a cualquier precio, y en este caso han tenido una coronada de laurel. Por su parte no puede sino sentir cierto remordimiento. Pero que él de verdad se dé cuenta de lo que ha hecho sería una carga demasiado pesada que no podría soportar. Pero a veces debe de pensar en ello. Así que en tu carta cuéntame cómo vive, cuáles son sus ocupaciones, su modo de vida [....].

Háblame del mundo de sombras que tanto amé. Y de su vida y su alma háblame también. Siento curiosidad por quien me envenenó, y en mi dolor hay piedad.

ÓSCAR.

"Oscar Wilde: Una vida en cartas"
Christopher Merlin Vyvyan Holland (nieto de Oscar Wilde)
Editorial: Alba

lunes, mayo 17, 2010

"Tito Biondi"

Tito Biondi en el Lago Nimi, Fotografiado por Rolfe; ca. 1890-92.

Frederick William Rolfe, conocido como Barón Corvo, también se hacía llamar "Frederick William Serafino Austin Lewis Mary Rolfe", (22 de Julio de 1860 - 25 de Octubre de 1913), escritor, novelista, artista, fantasioso y excéntrico.

lunes, abril 26, 2010

Rimbaud, el esposo infernal


Foto tomada entre 1880 y 1890 en el Hotel Universo de Aden (Yemen) y en la que aparece Rimbaud (el primer hombre por la derecha)
 
La lectura de la noticia del descubrimiento, por parte de dos libreros parisinos, de un retrato de Arthur Rimbaud cuando contaba unos 30 años y había abandonado la creación poética para convertirse en un traficante de armas, me ha hecho recordar el pasaje "Delirios I" de "Una temporada en el infierno". Obra surgida tras los hechos acaecidos en julio de 1873 cuando, tras una pelea extremadamente violenta, Verlaine disparó a Rimbaud en en la muñeca. Rimbaud temiendo por su vida llamó a la policía, lo cual llevaría al arresto de Verlaine, y a su posterior condena a dos años de prisión. El juez tuvo en cuenta tanto el examen médico legal como la comprometedora correspondencia entre ambos y las acusaciones de la esposa de Verlaine respecto a la naturaleza de la "amistad" entre los dos hombres, así como desestimó la retirada de la denuncia por parte de Rimbaud.
 
 
Tras la ruptura escribiría este largo poema en prosa, única obra publicada personalmente por Rimbaud, en "Delirios I: La virgen necia" Narra la historia de una mujer que se siente esclavizada a su esposo infernal, quien la engaña y enamora con falsas promesas. En realidad en este capítulo Rimbaud alude a su tormentosa relación con Verlaine, la virgen loca no es otro que Verlain y el esposo infernal Rimbaud.


Delirios I: La virgen loca

El esposo infernal

Escuchemos la confesión de un compañero del infierno:

«Oh divino Esposo, mi Señor, no rechacéis la confesión de la más triste de vuestras sirvientas. Estoy perdida. Estoy borracha. Estoy impura. ¡Qué vida!

»¡Perdón, divino Señor, perdón! ¡Ah, perdón! ¡Qué de lágrimas! ¡Y qué de lágrimas espero más tarde, todavía!

»¡Más tarde, conoceré al divino Esposo! Yo nací sometida a El.

-¡El otro puede golpearme ahora!

»¡Ahora, estoy en el fondo del mundo! ¡Oh amigas mías!... no, no sois mis amigas... Jamás delirios ni torturas semejantes ... ¡Es idiota!

»¡Ah! yo sufro, grito. Sufro en verdad. Sin embargo, todo me está permitido, cargada con el desprecio de los más despreciables corazones.

»En fin, hagamos esta confidencia, aunque haya de repetírsela veinte veces más, ¡igualmente sombría, igualmente insignificante!

»Yo soy esclava del Esposo infernal, aquel que perdió a las vírgenes locas. Es precisamente ese demonio. No es un espectro, no es un fantasma. Pero a mí, que he perdido la prudencia, que estoy condenada y muerta para el mundo, ¡no me han de matar! ¡Cómo describíroslo! Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de duelo, lloro, tengo miedo. ¡Un poco de frescura, Señor, si lo consentís, si así lo consentís!

»Yo soy viuda ... Era viuda ... por cierto que sí, yo era muy seria antaño, ¡y no nací para convertirme en esqueleto!...

El era casi un niño... Sus delicadezas misteriosas me sedujeron. Olvidé todo mi deber humano para seguirlo. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No pertenecemos al mundo. Yo voy adonde él va, no hay qué hacerle. Y a menudo él se encoleriza contra mí, contra mí, una pobre alma. ¡El Demonio! Porque es un Demonio, sabéis, no es un hombre.

»El dice: "Yo no amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor, es cosa sabida. Ellas no pueden desear más que una posición segura. Conquistada la posición, corazón y belleza se dejan de lado: sólo queda un frío desdén, alimento del matrimonio hoy por hoy. O bien veo mujeres, con los signos de la felicidad, de las que yo hubiera podido hacer buenas camaradas, devoradas desde el principio por brutos sensibles como fogatas ..."

»Yo lo escucho hacer de la infamia una gloria, de la crueldad un hechizo. "Soy de raza lejana: mis padres eran escandinavos; se perforaban las costillas, se bebían la sangre. Yo me voy a hacer cortaduras por todo el cuerpo, me voy a tatuar, quiero volverme horrible como un mongol: ya verás, aullaré por las calles. Quiero volverme loco de rabia. Jamás me muestres joyas, me arrastraría y me retorcería sobre la alfombra. Mi riqueza, y o la querría toda manchada de sangre. Jamás trabajaré ..."

»Muchas noches, como su demonio se apoderara de mí, nos molíamos a golpes, ¡yo luchaba con él! Por las noches, ebrio a menudo, se embosca en las calles o en las casas, para espantarme mortalmente. "De veras, me van a cortar el pescuezo; va a ser asqueroso". ¡Oh! esos días en que quiere aparecer con aires de crimen.

»A veces habla, en una especie de dialecto enternecido, de la muerte que trae el arrepentimiento, de los desdichados que indudablemente existen, de los trabajos penosos, de las partidas que desgarran el corazón. En los tugurios donde nos emborrachábamos, él lloraba al considerar a los que nos rodeaban, rebaño de la miseria. Levantaba del suelo a los beodos en las calles oscuras. Sentía la piedad de una mala madre por los niños pequeños. Ostentaba gentilezas de niñita de catecismo. Fingía estar enterado de todo, comercio, arte, medicina. ¡Yo lo seguía, no había nada que hacer!

»Veía todo el decorado de que se rodeaba en su imaginación; vestimentas, paños, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro. Yo veía todo lo que lo emocionaba, como él hubiera querido crearlo para sí. Cuando me parecía tener el espíritu inerte, lo seguía, yo, en acciones extrañas y complicadas, lejos, buenas o malas: estaba segura de no entrar nunca en su mundo. Junto a su querido cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he velado, preguntándome por qué deseaba tanto evadirse de la realidad. Jamás hombre alguno tuvo ansia semejante. Yo me daba cuenta -sin temer por él- que podía ser un serio peligro para la sociedad. ¿Quizá tiene secretos para transformar !a vida? No, no hace más que buscarlos, me replicaba yo. En fin, su caridad está embrujada y soy su prisionera. Ninguna otra alma tendría suficiente fuerza -¡fuerza de desesperación!- para soportarla, para ser protegida y amada por él. Por lo demás, yo no me lo figuraba con otra alma: uno ve su Ángel, jamás el Ángel ajeno-según creo-. Yo estaba en su alma como en un palacio que se ha abandonado para no ver una persona tan poco noble como nosotros: eso era todo. ¡Ay! dependía de él por completo. ¿Pero qué pretendía él de mi existencia cobarde y opaca? ¡Si bien no me mataba, tampoco me volvía mejor! Tristemente despechada, le dije algunas veces: "Te comprendo". El se encogía de hombros.

»Así, como mi pena se renovara sin cesar, y como me sintiera más extraviada ante mis propios ojos -¡como ante todos los ojos que hubieran querido mirarme, de no haber estado condenada para siempre al olvido de todos!- tenía cada vez más y más hambre de su bondad. Con sus besos y sus abrazos amistosos, yo entraba realmente en un cielo, un sombrío cielo, en el que hubiera querido que me dejaran pobre, sorda, muda, ciega. Ya empezaba a acostumbrarme. Y nos veía a ambos, como a dos niños buenos, libres de pasearse por el Paraíso de la Tristeza. Nos poníamos de acuerdo. Muy emocionados, trabajábamos juntos. Pero después de una penetrante caricia, me decía: "Cuando yo ya no esté, qué extraño te parecerá esto por que has pasado. Cuando ya no tengas mis brazos bajo tu cuello, ni mi corazón para descansar en él, ni esta boca sobre tus ojos. Porque algún día, tendré que irme, muy lejos. Pues es menester que ayude a otros: tal es mi deber. Aunque eso no sea nada apetitoso... alm4a querida..." De inmediato yo me presentía, sin él, presa del vértigo, precipitada en la sombra más tremenda: la muerte. Y le hacía prometer que no me abandonaría. Veinte veces me hizo esa promesa de amante. Era tan frívolo como yo cuando le decía: "Te comprendo".

»Ah, jamás he tenido celos de él. Creo que no ha de abandonarme. ¿Qué haría? No conoce a nadie, jamás trabajará. Quiere vivir sonámbulo. ¿Bastarían su bondad y su caridad para otorgarle derechos en el mundo real? Por momentos, olvido la miseria en que he caído: él me tornará fuerte, viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos sobre el empedrado de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin penas. O yo me despertaré, y las leyes y, las costumbres habrán cambiado-gracias a su poder mágico-; el mundo, aunque continúe siendo el mismo, me dejará con mis deseos, con mis dichas, con mis indolencias. ¡Oh! me darás la vida de aventuras que existe en los libros para niños, como recompensa, por tanto como he sufrido? Pero él no puede. Yo ignoro su ideal. Me ha dicho que siente nostalgias, esperanzas: eso no debe concernirme. ¿Le habla a Dios?

»Quizá debiera yo dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y ya no sé orar.

»Si él me explicara sus tristezas, ¿las comprendería yo mejor que sus burlas? Me ataca, pasa horas avergonzándome con todo lo que ha podido conmoverme en el mundo; y se indigna si lloro.

»"¿Ves a ese joven elegante que entra en una hermosa y tranquila residencia? Se llama Duval, Dufour, Armando, Mauricio, ¿qué sé yo? Una mujer se ha consagrado a amar a ese malvado idiota: ella ha muerto, y es seguro que ahora es una santa en el cielo. Tú causarás mi muerte, como él causó la muerte de esa mujer. Esa es la suerte que nos toca a nosotros, corazones caritativos..." ¡Ay! había días en que todos los hombres con sus actos parecíanle juguetes de grotescos delirios: y, se reía espantosamente, durante largo rato. Luego, recuperaba sus maneras de joven madre, de hermana querida. ¡Si fuera menos salvaje, estaríamos salvados! Pero también su dulzura es mortal. Yo me le someto. ¡Ah, estoy loca!

»Acaso un día desaparezca maravillosamente; pero es menester que yo sepa si ha de subir a algún cielo, ¡que pueda ver un poco la asunción de mi amiguito!»

¡Vaya una pareja!

Fragmento de "Una temporada en el infierno" Arthur Rimbaud



Con esta nueva imagen Rimbaud deja, en cierta sentido, de ser el poeta con eterna imagen de adolescente debido a la hasta ahora única fotografía nítida que se tenía de él, la tomada en 1872 por Étienne Carjat, aunque el poder de una imagen que ha acabado siendo un icono es muy difícil de desterrar.

Enlace: http://es.wikisource.org/wiki/Una_temporada_en_el_Infierno

+ Información

http://abardel.free.fr/index.htm

 

 

domingo, abril 11, 2010

"The Ballad of Reading Gaol" Oscar Wilde

 
 Reading Gaol, grabado de 1850

I

He did not wear his scarlet coat,
For blood and wine are red,
And blood and wine were on his hands
When they found him with the dead,
The poor dead woman whom he loved,
And murdered in her bed.

He walked amongst the Trial Men
In a suit of shabby gray;
A cricket cap was on his head,
And his step seemed light and gay;
But I never saw a man who looked
So wistfully at the day.

I never saw a man who looked
With such a wistful eye
Upon that little tent of blue
Which prisoners call the sky,
And at every drifting cloud that went
With sails of silver by.

I walked, with other souls in pain,
Within another ring,
And was wondering if the man had done
A great or little thing,
When a voice behind me whispered low,
"That fellow's got to swing."

Dear Christ! the very prison walls
Suddenly seemed to reel,
And the sky above my head became
Like a casque of scorching steel;
And, though I was a soul in pain,
My pain I could not feel.

I only knew what haunted thought
Quickened his step, and why
He looked upon the garish day
With such a wistful eye;
The man had killed the thing he loved,
And so he had to die.

Yet each man kills the thing he loves
By each let this be heard,
Some do it with a bitter look,
Some with a flattering word,
The coward does it with a kiss,
The brave man with a sword!


Some kill their love when they are young,
And some when they are old;
Some strangle with the hands of Lust,
Some with the hands of Gold:
The kindest use a knife, because
The dead so soon grow cold.

Some love too little, some too long,
Some sell, and others buy;
Some do the deed with many tears,
And some without a sigh:
For each man kills the thing he loves,
Yet each man does not die.

He does not die a death of shame
On a day of dark disgrace,
Nor have a noose about his neck,
Nor a cloth upon his face,
Nor drop feet foremost through the floor
Into an empty space.

He does not sit with silent men
Who watch him night and day;
Who watch him when he tries to weep,
And when he tries to pray;
Who watch him lest himself should rob
The prison of its prey.

He does not wake at dawn to see
Dread figures throng his room,
The shivering Chaplain robed in white,
The Sheriff stern with gloom,
And the Governor all in shiny black,
With the yellow face of Doom.

He does not rise in piteous haste
To put on convict-clothes,
While some coarse-mouthed Doctor gloats, and notes
Each new and nerve-twitched pose,
Fingering a watch whose little ticks
Are like horrible hammer-blows.

He does not feel that sickening thirst
That sands one's throat, before
The hangman with his gardener's gloves
Comes through the padded door,
And binds one with three leathern thongs,
That the throat may thirst no more.

He does not bend his head to hear
The Burial Office read,
Nor, while the anguish of his soul
Tells him he is not dead,
Cross his own coffin, as he moves
Into the hideous shed.

He does not stare upon the air
Through a little roof of glass:
He does not pray with lips of clay
For his agony to pass;
Nor feel upon his shuddering cheek
The kiss of Caiaphas.

II

Six weeks the guardsman walked the yard,
In the suit of shabby gray:
His cricket cap was on his head,
And his step was light and gay,
But I never saw a man who looked
So wistfully at the day.

I never saw a man who looked
With such a wistful eye
Upon that little tent of blue
Which prisoners call the sky,
And at every wandering cloud that trailed
Its ravelled fleeces by.

He did not wring his hands, as do
Those witless men who dare
To try to rear the changeling Hope
In the cave of black Despair:
He only looked upon the sun,
And drank the morning air.

He did not wring his hands nor weep,
Nor did he peek or pine,
But he drank the air as though it held
Some healthful anodyne;
With open mouth he drank the sun
As though it had been wine!

And I and all the souls in pain,
Who tramped the other ring,
Forgot if we ourselves had done
A great or little thing,
And watched with gaze of dull amaze
The man who had to swing.

For strange it was to see him pass
With a step so light and gay,
And strange it was to see him look
So wistfully at the day,
And strange it was to think that he
Had such a debt to pay.

The oak and elm have pleasant leaves
That in the spring-time shoot:
But grim to see is the gallows-tree,
With its alder-bitten root,
And, green or dry, a man must die
Before it bears its fruit!

The loftiest place is the seat of grace
For which all worldlings try:
But who would stand in hempen band
Upon a scaffold high,
And through a murderer's collar take
His last look at the sky?

It is sweet to dance to violins
When Love and Life are fair:
To dance to flutes, to dance to lutes
Is delicate and rare:
But it is not sweet with nimble feet
To dance upon the air!

So with curious eyes and sick surmise
We watched him day by day,
And wondered if each one of us
Would end the self-same way,
For none can tell to what red Hell
His sightless soul may stray.

At last the dead man walked no more
Amongst the Trial Men,
And I knew that he was standing up
In the black dock's dreadful pen,
And that never would I see his face
For weal or woe again.

Like two doomed ships that pass in storm
We had crossed each other's way:
But we made no sign, we said no word,
We had no word to say;
For we did not meet in the holy night,
But in the shameful day.

A prison wall was round us both,
Two outcast men we were:
The world had thrust us from its heart,
And God from out His care:
And the iron gin that waits for Sin
Had caught us in its snare.

III

In Debtors' Yard the stones are hard,
And the dripping wall is high,
So it was there he took the air
Beneath the leaden sky,
And by each side a warder walked,
For fear the man might die.

Or else he sat with those who watched
His anguish night and day;
Who watched him when he rose to weep,
And when he crouched to pray;
Who watched him lest himself should rob
Their scaffold of its prey.

The Governor was strong upon
The Regulations Act:
The Doctor said that Death was but
A scientific fact:
And twice a day the Chaplain called,
And left a little tract.

And twice a day he smoked his pipe,
And drank his quart of beer:
His soul was resolute, and held
No hiding-place for fear;
He often said that he was glad
The hangman's day was near.

But why he said so strange a thing
No warder dared to ask:
For he to whom a watcher's doom
Is given as his task,
Must set a lock upon his lips,
And make his face a mask.

Or else he might be moved, and try
To comfort or console:
And what should Human Pity do
Pent up in Murderers' Hole?
What word of grace in such a place
Could help a brother's soul?

With slouch and swing around the ring
We trod the Fools' Parade!
We did not care: we knew we were
The Devils' Own Brigade:
And shaven head and feet of lead
Make a merry masquerade.

We tore the tarry rope to shreds
With blunt and bleeding nails;
We rubbed the doors, and scrubbed the floors,
And cleaned the shining rails:
And, rank by rank, we soaped the plank,
And clattered with the pails.

We sewed the sacks, we broke the stones,
We turned the dusty drill:
We banged the tins, and bawled the hymns,
And sweated on the mill:
But in the heart of every man
Terror was lying still.

So still it lay that every day
Crawled like a weed-clogged wave:
And we forgot the bitter lot
That waits for fool and knave,
Till once, as we tramped in from work,
We passed an open grave.

With yawning mouth the horrid hole
Gaped for a living thing;
The very mud cried out for blood
To the thirsty asphalte ring:
And we knew that ere one dawn grew fair
The fellow had to swing.

Right in we went, with soul intent
On Death and Dread and Doom:
The hangman, with his little bag,
Went shuffling through the gloom:
And I trembled as I groped my way
Into my numbered tomb.

That night the empty corridors
Were full of forms of Fear,
And up and down the iron town
Stole feet we could not hear,
And through the bars that hide the stars
White faces seemed to peer.

He lay as one who lies and dreams
In a pleasant meadow-land,
The watchers watched him as he slept,
And could not understand
How one could sleep so sweet a sleep
With a hangman close at hand.

But there is no sleep when men must weep
Who never yet have wept:
So we- the fool, the fraud, the knave-
That endless vigil kept,
And through each brain on hands of pain
Another's terror crept.

Alas! it is a fearful thing
To feel another's guilt!
For, right within, the sword of Sin
Pierced to its poisoned hilt,
And as molten lead were the tears we shed
For the blood we had not spilt.

The warders with their shoes of felt
Crept by each padlocked door,
And peeped and saw, with eyes of awe,
Gray figures on the floor,
And wondered why men knelt to pray
Who never prayed before.

All through the night we knelt and prayed,
Mad mourners of a corse!
The troubled plumes of midnight shook
Like the plumes upon a hearse:
And as bitter wine upon a sponge
Was the savour of Remorse.

The gray cock crew, the red cock crew,
But never came the day:
And crooked shapes of Terror crouched,
In the corners where we lay:
And each evil sprite that walks by night
Before us seemed to play.

They glided past, the glided fast,
Like travellers through a mist:
They mocked the moon in a rigadoon
Of delicate turn and twist,
And with formal pace and loathsome grace
The phantoms kept their tryst.

With mop and mow, we saw them go,
Slim shadows hand in hand:
About, about, in ghostly rout
They trod a saraband:
And the damned grotesques made arabesques,
Like the wind upon the sand!

With the pirouettes of marionettes,
They tripped on pointed tread:
But with flutes of Fear they filled the ear,
As their grisly masque they led,
And loud they sang, and long they sang,
For they sang to wake the dead.

"Oho!" they cried, "the world is wide,
But fettered limbs go lame!
And once, or twice, to throw the dice
Is a gentlemanly game,
But he does not win who plays with Sin
In the secret House of Shame."

No things of air these antics were,
That frolicked with such glee:
To men whose lives were held in gyves,
And whose feet might not go free,
Ah! wounds of Christ! they were living things,
Most terrible to see.

Around, around, they waltzed and wound;
Some wheeled in smirking pairs;
With the mincing step of a demirep
Some sidled up the stairs:
And with subtle sneer, and fawning leer,
Each helped us at our prayers.

The morning wind began to moan,
But still the night went on:
Through its giant loom the web of gloom
Crept till each thread was spun:
And, as we prayed, we grew afraid
Of the Justice of the Sun.

The moaning wind went wandering round
The weeping prison wall:
Till like a wheel of turning steel
We felt the minutes crawl:
O moaning wind! what had we done
To have such a seneschal?

At last I saw the shadowed bars,
Like a lattice wrought in lead,
Move right across the whitewashed wall
That faced my three-plank bed,
And I knew that somewhere in the world
God's dreadful dawn was red.

At six o'clock we cleaned our cells,
At seven all was still,
But the sough and swing of a mighty wing
The prison seemed to fill,
For the Lord of Death with icy breath
Had entered in to kill.

He did not pass in purple pomp,
Nor ride a moon-white steed.
Three yards of cord and a sliding board
Are all the gallows' need:
So with rope of shame the Herald came
To do the secret deed.

We were as men who through a fen
Of filthy darkness grope:
We did not dare to breathe a prayer,
Or to give our anguish scope:
Something was dead in each of us,
And what was dead was Hope.

For Man's grim Justice goes its way
And will not swerve aside:
It slays the weak, it slays the strong,
It has a deadly stride:
With iron heel it slays the strong
The monstrous parricide!

We waited for the stroke of eight:
Each tongue was thick with thirst:
For the stroke of eight is the stroke of Fate
That makes a man accursed,
And Fate will use a running noose
For the best man and the worst.

We had no other thing to do,
Save to wait for the sign to come:
So, like things of stone in a valley lone,
Quiet we sat and dumb:
But each man's heart beat thick and quick,
Like a madman on a drum!

With sudden shock the prison-clock
Smote on the shivering air,
And from all the gaol rose up a wail
Of impotent despair,
Like the sound the frightened marshes hear
From some leper in his lair.

And as one sees most fearful things
In the crystal of a dream,
We saw the greasy hempen rope
Hooked to the blackened beam,
And heard the prayer the hangman's snare
Strangled into a scream.

And all the woe that moved him so
That he gave that bitter cry,
And the wild regrets, and the bloody sweats,
None knew so well as I:
For he who lives more lives than one
More deaths that one must die.

IV

There is no chapel on the day
On which they hang a man:
The Chaplain's heart is far too sick,
Or his face is far too wan,
Or there is that written in his eyes
Which none should look upon.

So they kept us close till nigh on noon,
And then they rang the bell,
And the warders with their jingling keys
Opened each listening cell,
And down the iron stair we tramped,
Each from his separate Hell.

Out into God's sweet air we went,
But not in wonted way,
For this man's face was white with fear,
And that man's face was gray,
And I never saw sad men who looked
So wistfully at the day.

I never saw sad men who looked
With such a wistful eye
Upon that little tent of blue
We prisoners called the sky,
And at every happy cloud that passed
In such strange freedom by.

But there were those amongst us all
Who walked with downcast head,
And knew that, had each got his due,
They should have died instead:
He had but killed a thing that lived,
Whilst they had killed the dead.

For he who sins a second time
Wakes a dead soul to pain,
And draws it from its spotted shroud
And makes it bleed again,
And makes it bleed great gouts of blood,
And makes it bleed in vain!

Like ape or clown, in monstrous garb
With crooked arrows starred,
Silently we went round and round
The slippery asphalte yard;
Silently we went round and round,
And no man spoke a word.

Silently we went round and round,
And through each hollow mind
The Memory of dreadful things
Rushed like a dreadful wind,
And Horror stalked before each man,
And Terror crept behind.

The warders strutted up and down,
And watched their herd of brutes,
Their uniforms were spick and span,
And they wore their Sunday suits,
But we knew the work they had been at,
By the quicklime on their boots.

For where a grave had opened wide,
There was no grave at all:
Only a stretch of mud and sand
By the hideous prison-wall,
And a little heap of burning lime,
That the man should have his pall.

For he has a pall, this wretched man,
Such as few men can claim:
Deep down below a prison-yard,
Naked, for greater shame,
He lies, with fetters on each foot,
Wrapt in a sheet of flame!

And all the while the burning lime
Eats flesh and bone away,
It eats the brittle bones by night,
And the soft flesh by day,
It eats the flesh and bone by turns,
But it eats the heart alway.

For three long years they will not sow
Or root or seedling there:
For three long years the unblessed spot
Will sterile be and bare,
And look upon the wondering sky
With unreproachful stare.

They think a murderer's heart would taint
Each simple seed they sow.
It is not true! God's kindly earth
Is kindlier than men know,
And the red rose would but glow more red,
The white rose whiter blow.

Out of his mouth a red, red rose!
Out of his heart a white!
For who can say by what strange way,
Christ brings His will to light,
Since the barren staff the pilgrim bore
Bloomed in the great Pope's sight?

But neither milk-white rose nor red
May bloom in prison air;
The shard, the pebble, and the flint,
Are what they give us there:
For flowers have been known to heal
A common man's despair.

So never will wine-red rose or white,
Petal by petal, fall
On that stretch of mud and sand that lies
By the hideous prison-wall,
To tell the men who tramp the yard
That God's Son died for all.

Yet though the hideous prison-wall
Still hems him round and round,
And a spirit may not walk by night
That is with fetters bound,
And a spirit may but weep that lies
In such unholy ground,

He is at peace- this wretched man-
At peace, or will be soon:
There is no thing to make him mad,
Nor does Terror walk at noon,
For the lampless Earth in which he lies
Has neither Sun nor Moon.

They hanged him as a beast is hanged:
They did not even toll
A requiem that might have brought
Rest to his startled soul,
But hurriedly they took him out,
And hid him in a hole.

The warders stripped him of his clothes,
And gave him to the flies:
They mocked the swollen purple throat,
And the stark and staring eyes:
And with laughter loud they heaped the shroud
In which the convict lies.

The Chaplain would not kneel to pray
By his dishonoured grave:
Nor mark it with that blessed Cross
That Christ for sinners gave,
Because the man was one of those
Whom Christ came down to save.

Yet all is well; he has but passed
To Life's appointed bourne:
And alien tears will fill for him
Pity's long-broken urn,
For his mourners be outcast men,
And outcasts always mourn.

V

I know not whether Laws be right,
Or whether Laws be wrong;
All that we know who lie in gaol
Is that the wall is strong;
And that each day is like a year,
A year whose days are long.

But this I know, that every Law
That men have made for Man,
Since first Man took His brother's life,
And the sad world began,
But straws the wheat and saves the chaff
With a most evil fan.

This too I know- and wise it were
If each could know the same-
That every prison that men build
Is built with bricks of shame,
And bound with bars lest Christ should see
How men their brothers maim.

With bars they blur the gracious moon,
And blind the goodly sun:
And the do well to hide their Hell,
For in it things are done
That Son of things nor son of Man
Ever should look upon!

The vilest deeds like poison weeds
Bloom well in prison-air:
It is only what is good in Man
That wastes and withers there:
Pale Anguish keeps the heavy gate,
And the warder is Despair.

For they starve the little frightened child
Till it weeps both night and day:
And they scourge the weak, and flog the fool,
And gibe the old and gray,
And some grow mad, and all grow bad,
And none a word may say.

Each narrow cell in which we dwell
Is a foul and dark latrine,
And the fetid breath of living Death
Chokes up each grated screen,
And all, but Lust, is turned to dust
In Humanity's machine.

The brackish water that we drink
Creeps with a loathsome slime,
And the bitter bread they weigh in scales
Is full of chalk and lime,
And Sleep will not lie down, but walks
Wild-eyed, and cries to Time.

But though lean Hunger and green Thirst
Like asp with adder fight,
We have little care of prison fare,
For what chills and kills outright
Is that every stone one lifts by day
Becomes one's heart by night.

With midnight always in one's heart,
And twilight in one's cell,
We turn the crank, or tear the rope,
Each in his separate Hell,
And the silence is more awful far
Than the sound of a brazen bell.

And never a human voice comes near
To speak a gentle word:
And the eye that watches through the door
Is pitiless and hard:
And by all forgot, we rot and rot,
With soul and body marred.

And thus we rust Life's iron chain
Degraded and alone:
And some men curse, and some men weep,
And some men make no moan:
But God's eternal Laws are kind
And break the heart of stone.

And every human heart that breaks,
In prison-cell or yard,
Is as that broken box that gave
Its treasure to the Lord,
And filled the unclean leper's house
With the scent of costliest nard.

Ah! happy they whose hearts can break
And peace of pardon win!
How else may man make straight his plan
And cleanse his soul from Sin?
How else but through a broken heart
May Lord Christ enter in?

And he of the swollen purple throat,
And the stark and staring eyes,
Waits for the holy hands that took
The Thief to Paradise;
And a broken and a contrite heart
The Lord will not despise.

The man in red who reads the Law
Gave him three weeks of life,
Three little weeks in which to heal
His soul of his soul's strife,
And cleanse from every blot of blood
The hand that held the knife.

And with tears of blood he cleansed the hand,
The hand that held the steel:
For only blood can wipe out blood,
And only tears can heal:
And the crimson stain that was of Cain
Became Christ's snow-white seal.

VI

In Reading gaol by Reading town
There is a pit of shame,
And in it lies a wretched man
Eaten by teeth of flame,
In a burning winding-sheet he lies,
And his grave has got no name.

And there, till Christ call forth the dead,
In silence let him lie:
No need to waste the foolish tear,
Or heave the windy sigh:
The man had killed the thing he loved,
And so he had to die.

And all men kill the thing they love,
By all let this be heard,
Some do it with a bitter look,
Some with a flattering word,
The coward does it with a kiss,
The brave man with a sword!


Oscar Wilde (1854-1900), por Alfred Ellis & Walerie, 1892

Oscar Wilde escribió "The Ballad of Reading Gaol" tras haber pasado dos años encerrado en este presidio, condenado a trabajos forzados.




miércoles, septiembre 09, 2009

Dorian Gray, el mito que no envejece


Ben Barnes, Colin Firth, Rebecca Hall, Rachel Hurd-Wood, Fiona Shaw y Ben Chaplin dan vida a la producción dirigida por Oliver Parker, en la que será la decimonovena adaptación para la pantalla de la obra homónima de Oscar Wilde, "El Retrato de Dorian Gray", de estas sólo dieciséis se centran en la obra literaria, por no citar las obras para teatro, ballet y música.
Ante la nueva versión no deberíamos olvidar dos cintas en concreto, una la dirigida en 1945 por Albert Lewin que obtuvo el Oscar a la mejor fotografía en blanco y negro, protagonizada por Hurd Hatfield como Dorian, George Sanders como Lord Henry y Angela Lansbury como Sibyl Vane, quien recibiría una nominación al Oscar como mejor actriz. Y la que en 1970 dirigió Massimo Dallamano dirigió con Helmuth Berger como Dorian, Richard Todd como Basil Hallward y Herbert Lom como Lord Henry.



La eterna juventud, el narcisismo, y el precio que se ha de pagar con cada acto de vileza el retrato envejece y se deforma recordando cual es la realidad, las consecuencias de la admiración del propio yo, "A ti te gusta todo el mundo, o lo que es lo mismo, no te importa nadie", un tema de lo más actual, la obsesión y el delirio de sus personajes, en todo lo que puede hacer un hombre por llegar a satisfacer sus deseos "Hoy en día, la gente sabe el precio de todo pero no conoce el valor de nada". Ideales la mayoría de las veces lejos de nuestro alcance o que ya han quedado atrás, convirtiéndose en irreales como la eterna juventud, como el de tener un futuro garantizado, pero a cambio de qué, a qué precio.

"¿De qué le vale a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?"

Aunque como siempre, me temo que la película no estará a la altura de esta magnífica obra literaria.

lunes, enero 26, 2009

"Balada de los muchachos bañándose" Frederick Rolfe

Frederick Rolfe "Barón Corvo"


"Balada de los muchachos bañándose"

I

¡Una primorosa visión por mí nunca vista!
En una barca a la deriva y con hora disponible
en la costa de la tierra de las escocesas
bajo las sombras de los acantilados, miro
un tropel de chicos, delgados y gallardos,
que ríe en un encantador desorden
sabiendo que no hay miedo ni cuidado alguno,
los chicos que se bañan en la bahía de San Andrés.


II

El hondo azul del agua tan azul cual pueda ser,
rocas surgiendo altas entre el rojo llamarada de las nubes
muchachos con el color del marfil
arrostrando leves olas y buceando en ellas
muchachos blancos, rubicundos, morenos y desnudos
con luces y sombras entre el rosa y el gris
y como perlas el agua en su brillante cabello,
los chicos que se bañan en la bahía de San Andrés.


III

Una noche de verano y un mar de zafiro
una puesta de sol y un reverberar dorado,
se arrojan desde lo alto de escabrosas rocas
miembros maravillosos en el luminoso aire
frescos como una llama blanca ruborizada y bella
redondos brazos ágiles en la espumante sal
y el mar que en todas partes parece vivo con ellos,
los chicos que se bañan en la bahía de San Andrés.


Frederick Rolfe, Barón Corvo (1860-1913)


Fotografías de Thomas Eakins (1844-1916) 1883 Eakin's art studens bathing

miércoles, octubre 22, 2008

Charles De Sousy Ricketts & Charles Haslewood Shannon


Charles Haslewood Shannon and Charles Ricketts fotografiados por George Charles Beresford

Este es un caso remarcable de visibilidad en una época muy poco dada a ella, ya que nos encontramos en pleno periodo Victoriano, Ricketts y Shannon fueron dos versátiles artistas británicos que conformaron, no sólo una pareja en la vida real, sino que también colaboraron en el campo artístico, a parte de sus carreras artísticas independientes.
Shannon es más conocido por su trabajo en pintura y litografía, Ricketts por sus contribuciones como un diseñador e ilustrador de libro, de hecho a el se deben la mayoría de las ilustraciones de la obra de Oscar Wilde, y sus diseños como figurinista para el teatro. Juntos acumularon una impresionante y ecléctica colección de arte.



La repartición de los roles artísticos no fue un hecho casual, ya que se debió a un compromiso entre ambos, Ricketts buscaría trabajo como ilustrador de revistas, mientras Shannon se dedicaría a desarrollar su talento como pintor.
El primer trabajo importante de Ricketts fue "Oedipus and the Sphinx" (1891)


En 1899 se producirá un hecho crucial, la colaboración entre ambos artistas dará lugar a la salida de "The Dial" una revista con carácter efímero, ya que desaparecerá en 1897 tras haber publicado sólo cuatro números, pero que abrirá las puertas al trabajo que posteriormente se realizará para ilustrar las obras de Oscar Wilde.


Desde ese momento toda la obra de Oscar Wilde será ilustrada por la pareja formada por Ricketts y Shannon, excepto "Salomé" que fue ilustrada por Beardsley.
A partir de ese momento se establece una estrecha amistad entre la pareja de artistas y Oscar Wilde, así como otras personalidades del momento tales como Edith Cooper and Katherine Bradley, W.B. Yeats, John Gray, George Bernard Shaw, Thomas Sturge Moore, and Cecil Lewis.

En 1896 fundarán la editorial Vale Press, en la que ejercerán un total control sobre la obra impresa, portadas, tipografía e ilustración. Ricketts por su parte ideará tres tipos de tipografía dentro del estilo Art Noveau, Vale, Avon y King. La editorial se cerrará en 1904.

Figurín para "El Mercader de Venecia" 1918

Figurín para "Moctezuma " 1925

Figurín para "Moctezuma" 1925

A partir de este momento Shannon continuará con su trabajo como pintor, sobre todo como retratista, mientras Ricketts tras unos escarceos con la pintura se orientará por la escultura, la joyería y el diseño escénico, obteniendo un gran renombre en esta última disciplina.

Ricketts fallecería en 1931 y Shannon en 1937, sólo seis años después. Ambos dejarían tras de sí una impresionante colección de arte, gran parte de la colección de arte asiático del British Museum es parte de su legado, la otra parte está en el Fitzwilliam Museum de Cambridge.



+ información

http://en.wikipedia.org/Charles_Ricketts
http://en.wikipedia.org/Charles_Haslewood_Shannon

lunes, octubre 06, 2008

Decadentismo: Baudelaire y Lautréamont


Carlos Schwabe "destrucción" ilustración para Las flores del mal 1900

El decadentismo es una corriente cultural que entra en contacto directo con el dandismo; pero mientras este último posee un carácter social, el decadentismo se verá plasmado en las artes plásticas, escénicas y literaturas. El movimiento decadentista comenzó a mediados del S. XIX y verá su plasmación a principios del S. XX, siendo heredero directo del romanticismo y del simbolismo.
Literariamente nos encontramos con unos textos dominados por el barroquismo y una mirada hacia las culturas antiguas en medio de un marco de gran intelectualismo.
El artista decadentista se caracterizara por una máxima sofisticación, es un ser de vuelta de todo, todo lo ha vivido y todo lo ha experimentado.

Charles Baudelaire fotografia de Nadar 1862

Los textos en que mejor queda reflejado este mundo son: "Las Flores del Mal" de Baudelaire, quien será considerado el padre de esta corriente, y "Los Cantos de Maldoror" del Conde de Lautréamont

LOS FAROS

Rubens, río de olvido, jardín de la pereza
Almohada de carne fresca donde no se puede amar,
Pero donde la vida afluye y se agita sin cesar,
Como el aire en el cielo y la mar en la mar.

Leonardo de Vinci, espejo profundo y sombrío,
Donde ángeles encantadores, con una suave sonrisa
Cargada de misterio, surgen a la sombra
De los glaciares y de los pinos que encierran sus tierras.

Rembradt, triste hospital colmado de murmullos,
Y un gran crucifijo decora solamente,
Donde la oración en llanto se despide de la basura,
Y donde un rayo de invierno la atraviesa bruscamente;

Miguel Angel, vago lugar donde se ven Hércules
Mezclarse a los Cristos, y se levantan todos rígidos
Fantasmas poderosos que en los crepúsculos
Desgarran su sudario estirando los dedos;

Cóleras de boxeador, impudor de fauno,
Tú que supiste recoger la belleza de los granujas,
Gran corazón lleno de orgullo, hombre débil y amarillo,
Puget, melancólico emperador de los forzados;

Watteau, ese carnaval donde tantos corazones ilustres,
Como mariposas, vagan centelleando,
Decorados frescos y ligeros iluminados por arañas
Que vuelcan la locura en este baile giratorio;

Goya, pesadilla repleta de cosas desconocidas,
De fetos que se hacen cocer en medio de los sabbats,
De viejas frente a espejos y niñas desnudas,
Para tentar a los demonios ajustando bien sus medias;

Delacroix, lago de sangre que frecuentan ángeles malvados,
Sombreado por un bosque de abetos siempre verde,
Donde bajo un cielo de pena, extrañas fanfarrias
Pasan, como un leve suspiro de Weber;

Esas maldiciones, esas blasfemias, esos lamentos,
Esos éxtasis, esos gritos, esos llantos, esos Te Deum,
Son un eco repetido por mil laberintos;
Son para los corazones mortales, un opio divino!

Es un grito repetido por mil centinelas,
Una orden transmitida por mil portavoces;
Es un faro iluminado sobre mil ciudadelas,
Un llamado de cazadores perdidos en los grandes bosques!

Porque en verdad, Señor, el mejor testimonio
Que nosotros podríamos dar de nuestra dignidad
Es el ardiente sollozo que rueda las edades
Y viene a morir al borde de tu eternidad!


Isidore Lucien Ducasse, Conde de Lautréamont

"Los Cantos de Maldoror" del Conde de Lautréamont.

LOS CANTOS DE MALDOROR

CANTO PRIMERO

Ruego al cielo que el lector, animado y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre,
sin desorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno, pues, a no ser que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual semejante al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma lo mismo que hace el agua con el azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro. En consecuencia, alma tímida, antes de que penetres más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, de igual manera que los ojos de un hijo se apartan respetuosamente de la augusta contemplación del rostro materno; o, mejor, como durante el invierno, en la lejanía, un ángulo de grullas friolentas y meditabundas vuela velozmente a través del silencio, con todas las velas desplegadas, hacia un punto determinado del horizonte, de donde, súbitamente, parte un viento extraño y poderoso, precursor de la tempestad. La grulla más vieja, formando ella sola la vanguardia, al ver esto mueve la cabeza, y, consecuentemente, hace restallar también el pico, como una persona razonable, que no está contenta (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello desprovisto de plumas, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondulaciones coléricas que presagian la tormenta, cada vez más próxima. Después de haber mirado numerosas veces, con sangre fría, a todos los lados, con ojos que encierran la experiencia, prudentemente, la primera (pues ella tiene el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las otras grullas, inferiores en inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geométrica (es tal vez un triángulo, aunque no se vea el tercer lado, lo que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), sea a babor, sea a estribor, como un hábil capitán, y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, porque no es necia, emprende así otro camino más seguro y filosófico.
Lector, quizás desees que invoque al odio en el comienzo de esta obra. ¿Quién te dice que no has de olfatear, sumergido en innumerables voluptuosidades, tanto como quieras, con tus orgullosas narices, anchas y afiladas, volviéndote de vientre, semejante a un tiburón, en el aire hermoso y negro, como si comprendieras la importancia de ese acto y la importancia no menos de tu legitimo apetito, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones? Te aseguro que los dos deformes agujeros de tu horroroso hocico, oh monstruo, se regocijarán, si te dispones de antemano a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita de lo Eterno. Tus narices, desmesuradamente dilatadas por la inefable satisfacción, por el éxtasis inmóvil, no pedirán otra cosa al espacio, embalsamado de perfumes e incienso, pues se colmarán de una dicha completa, como los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los gratos cielos.

Ilustración de Frans De Geetere 1927

En sólo unas líneas estableceré que Maldoror fue bueno durante los primeros años de su vida y vivió dichoso; dicho está, luego se apercibió de que había nacido perverso: ¡fatalidad extraordinaria!
Ocultó su carácter como pudo, durante un gran número de años, pero al final, a causa de esa
reconcentración que no le era natural, cada día la sangre le subía a la cabeza, hasta que no pudiendo soportar más semejante vida, se arrojó resueltamente por la senda del mal... ¡atmósfera dulce!
¿Quién lo hubiera dicho? Cuando besaba a un niño de rostro rosado hubiera querido rebanarle las mejillas como con una navaja, y muy a menudo lo hubiera hecho, si la Justicia, con su largo cortejo de castigos, no lo hubiera impedido cada vez. No era mentiroso, confesaba la verdad, y se decía cruel. Humanos, ¿habéis oído? ¡Se atreve a repetirlo con esta pluma que tiembla! Así, pues, existe un poder más fuerte que la voluntad... ¡Maldición! ¿Querría la piedra sustraerse a las leyes de la gravedad? Imposible. Imposible, si el mal quisiera conjugarse con el bien. Es lo que yo decía más arriba.
Aquí hay quienes escriben para conseguir los aplausos de los hombres, por medio de nobles
cualidades del corazón que la imaginación inventa o que ellos puedan tener. ¡Yo hago servir mi genio para pintar las delicias de la crueldad! Delicias no pasajeras ni artificiales, sino que, al
comenzar con el hombre, terminarán con él. ¿No puede el genio aliarse con la crueldad en las
resoluciones secretas de la Providencia? ¿O porque se sea cruel se tiene que carecer de genio? La
prueba se verá en mis palabras; vosotros sólo tenéis que escucharme, si queréis... Perdón, me pareció que los cabellos se me habían erizado, pero no es nada, pues con mi mano he conseguido colocarlos fácilmente en su primera posición. El que canta no pretende que sus cavatinas sean algo desconocido, al contrario, se satisface de que los pensamientos altivos y perversos de su héroe estén en todos los hombres.
He visto, durante toda mi vida, sin una sola excepción, a los hombres de hombros estrechos realizar numerosos actos estúpidos, embrutecer a sus semejantes, y pervertir a las almas por todos los medios. A los motivos de su acción le llaman: la gloria. Viendo esos espectáculos, he querido reír como los demás; pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé un cuchillo cuya hoja tenía un filo acerado y me sajé la carne en los sitios donde se unen los labios. Por un instante creí haber conseguido mi objeto. Contemplé en un espejo la boca maltratada por mi propia voluntad. ¡Fue un error! La sangre que brotaba abundante de las dos heridas pedía, por otra parte, distinguir si en verdad era la de los otros. Pero después de unos instantes de comparación, vi bien que mi risa no se parecía a la de los humanos, es decir, que yo no reía. He visto a los hombres de cabeza fea y ojos terribles hundidos en las oscuras órbitas, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, el furor insensato de los criminales, las traiciones del hipócrita, a los comediantes más extraordinarios, la fuerza de carácter de los sacerdotes, y a los seres más ocultos al exterior, los más fríos del mundo y del cielo, dejar a los moralistas que descubran su corazón, y hacer recaer sobre ellos la cólera implacable de las alturas. Los he visto a todosa la vez, con el puño más robusto dirigido hacia el cielo, como el de un niño ya perverso contra su madre, probablemente excitados por algún espíritu infernal, con los ojos recargados de un remordimiento punzante y al mismo tiempo vengativo, en un silencio glacial, sin atreverse a manifestar las vastas e ingratas meditaciones que encubría su seno -tan llenas estaban de injusticia y horror-, y entristecer así de compasión al Dios misericordioso; otras veces, a cada momento del día, desde el comienzo de la infancia hasta el fin de la vejez, diseminando increíbles anatemas, que no tenían el sentido común, contra todo lo que respira, contra ellos mismos y contra la Providencia, prostituir a las mujeres y a los niños, y deshonrar así las partes del cuerpo consagradas al pudor.
Entonces las madres levantan sus aguas, sumergen en sus abismos los maderos; los huracanes y los temblores de tierra derriban las casas; la peste y la diversas enfermedades diezman a las familias suplicantes. Pero los hombres no lo perciben. También los he visto enrojecer o palidecer de vergüenza por su conducta en esta tierra; aunque raramente. Tempestades hermanas de los
huracanes, firmamento azulado cuya belleza no admito, mar hipócrita, imagen de mi corazón, tierra de seno misterioso, habitantes de las esferas, universo entero, Dios que los has creado con
magnificencia, a ti te invoco: ¡muéstrame a un hombre bueno! Y entonces, que tu gracia decuplique mis fuerzas naturales, pues ante el espectáculo de ese monstruo, yo puedo morir de asombro: se muere por mucho menos.
Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh, qué dulzura entonces arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre su labio superior, y, con los ojos muy abiertos, hacer el simulacro de pasar suavemente la mano por la frente, inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, súbitamente, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, de manera que no muera, pues si muriera no podríamos contar más tarde con el aspecto de sus miserias. A continuación se le bebe la sangre lamiendo las heridas, y durante ese tiempo, que debería durar tanto como la eternidad, el niño llora. Nada hay tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decir, y aún muy caliente, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado tu sangre cuando al azar te has cortado un dedo? Está muy buena, ¿no es cierto?, pues no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas el día en que, en medio de tus lúbricas reflexiones, llevaste la mano en forma de hueco sobre tu rostro enfermizo humedecido por lo que resbalaba de tus ojos, mano que se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos tragos en esa copa, trémula como los dientes del alumno que mira de reojo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas? Las lágrimas están buenas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal: aquella que ama mucho traiciona antes o después... lo adivino por analogía, aunque ignoro qué es la amistad o qué es el amor (y es probable que nunca lo acepte, al menos de parte de la raza humana). Por lo tanto, y puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate con confianza de las lágrimas y de la sangre del adolescente.
Véndale los ojos mientras desgarras su carne palpitante, y, después de haber oído durante largas
horas sus gritos sublimes, semejantes a los profundos estertores que en una batalla lanzan las
gargantas de los heridos agonizantes, habiéndote apartado como una avalancha, te precipitarás desde la habitación vecina y harás el simulacro de ir en su ayuda. Le desatarás las manos de nervios y venas hinchadas, devolverás la vista a sus ojos extraviados, y te pondrás a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Qué verdadero es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que existe entre nosotros, y que tan raramente se manifiesta, aparece entonces, aunque ¡demasiado tarde! Cómo se derrama el corazón cuando puede consolar al inocente a quien se le ha causado daño: «Adolescente que acabas de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer contigo un crimen que no sé cómo calificar?
¡Desgraciado de ti! ¡Cómo debes sufrir! Si tu madre lo supiera, ella no estaría más cerca de la
muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que yo estoy ahora. ¡Ay! ¿Qué es entonces el bien y el mal? ¿Es la misma cosa, por medio de la cual testimoniamos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcanzar el infinito, incluso por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas
diferentes? Sí... es mejor que sean una misma cosa... pues, sino, ¿en qué me convertiría el día del
Juicio Final? Adolescente, perdóname: el que se halla ante tu rostro noble y sagrado es el que ha roto tus huesos y desgarrado tu carne, que cuelga de diferentes lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón enferma, un instinto secreto que no depende de mis razonamientos, semejante al del águila que desgarra a su presa, lo que me ha empujado a cometer este crimen, y que, sin embargo, me hace sufrir tanto como a mi víctima? Adolescente, perdóname.
Cuando hayamos abandonado esta vida pasajera, quiero que estemos abrazados por toda la eternidad, que formemos un solo ser, mi boca unida a tu boca. Incluso de este modo mi castigo no será completo. Entonces tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio y los dos sufriremos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a tu boca. ¡Oh adolescente de cabellos rubios y ojos tan dulces!, ¿harás ahora lo que te aconseje? Aunque te pese, quiero que lo hagas, y mi conciencia volverá a ser feliz.» Después de haber hablado así, habrás hecho daño a un ser humano, pero habrás sido amado por el mismo ser: es la mayor felicidad que pueda concebirse. Más tarde podrás internarlo en un hospital, pues el tullido
no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre la gran tumba ocultarán tus pies desnudos al rostro anciano. ¡Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen, se que tu perdón fue inmenso cómo el universo! ¡Pero yo existo todavía!

Ilustración de Frans De Geetere 1927

Un mundo que huye de lo cotidiano en una especie de nihilismo exhibicionista.
El Movimiento Decadentista será un reflejo de la deshumanización y enajenación que el progreso ha promovió en sociedad occidental. Irónicamente para significarse la posición de superioridad del hombre sobre los valores seculares, los autores decadentes alabarán el artificio, la vida vista desde un punto de vista meramente estético.
En el S.XIX las relaciones homosexuales eran vistas como algo artificial, esta será la razón central de la alineación de la mayoría de los homosexuales con el movimiento. Además, la superior valoración de un mundo ideal sobre los modos de vida convencionales, así como la abierta desaprobación de valores morales convencionales fue la otra causa que llevó a la afiliación, en el movimiento decadentista, a la mayoría de homosexuales y lesbianas.

+ información

http://es.wikipedia.org/wiki/Baudelaire
http://es.wikipedia.org/wiki/Conde_de_Lautréamont

lunes, mayo 12, 2008

Oscar Wilde "De Profundis"



Oscar Wilde and Alfred Douglas Bosie, in Oxford spring, 1893

A: lord Alfred Douglas

[Enero-marzo de 1897] H. M. Prison, Reading

"Querido Bosie: Después de larga e infructuosa espera, he decidido escribirte yo, tanto por ti como por mí, pues no me gustaría pensar que he pasado dos largos años de prisión sin recibir de ti ni una sola línea, ni aun noticia ni mensaje que no me dieran dolor. Nuestra infausta y lamentabilísima amistad ha acabado en ruina e infamia pública para mí, pero el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y la idea de que el aborrecimiento, la amargura y el desprecio ocupen para siempre ese lugar de mi corazón que en otro tiempo ocupó el amor me resulta muy triste; y tú mismo sentirás, creo, en tu corazón que escribirme cuando me consumo en la soledad de la vida de presidio es mejor que publicar mis cartas sin mi permiso o dedicarme poemas sin consultar, aunque el mundo no haya de saber nada de las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o indiferencia, que quieras enviarme en respuesta o apelación".

Este es el arranque de una de las más amargas obras de Oscar Wilde, "De Profundis" al que fuera su amor, Lord Alfred Douglas, desde la prisión de Reading a la que le llevó en 1895 esta relación, debido a la demanda interpuesta por Wilde a raiz de una targeta de visita dejada por el padre de Bosie en el club al que acudía el afamado escritor y dramaturgo. En la nota el Marqués de Queensberry había escrito "To Oscar Wilde posing as a somdomite." Wilde creyó que su fama y su prestigio jugarían a su favor, olvidándose del enorme puritanismo e hipocresía de la sociedad victoriana, así como de la cantidad de gentes envidiosas de su éxito. La pérdida del juicio al que se vería sometido por "grave indecencia" llevaría a uno de los más grandes dramaturgos británicos , aunque era irlandés de nacimiento, a ser encarcelado por dos años en el penal de Reading.

"Te había dicho antes una infinidad de veces que ibas a ser la perdición de mi vida y esto te hacía reír siempre"


Oscar Wilde 1882 fotografiado por Napoleón Sarony

En esta larga carta, reflexiona desde la amargura de saber que algo ha fallado, expresa lo que siente, su amor, al que incomprensiblemente no renunciaría, ya que al salir de prisión volvería a vivir con Bosie en Nápoles, esta relación sólo duraría tres meses; y su sufrimiento, su pensamiento acerca de cómo habían sucedido las cosas e intenta hacer comprender lo que ve a esta persona, que parece incapaz de apreciar su amor y devoción, incapaz de corresponderle.

"Creí que la vida era una brillante comedia y que tú serías uno de sus encantadores personajes. Descubrí que era una tragedia indignante y repulsiva y con que tú, una vez caída la máscara del placer y la alegría, que lo mismo a ti que a mí podía habernos engañado y equivocado, eras el funesto instrumento que la impulsaba hacia las grandes catástrofes, funesto a causa de la tensión de sus anhelos y de la fuerza de su comprimida energía"

Ver también:

http://unviajeimposible.blogspot.com: De profundis



+información

http://www.wilde-online.info/

lunes, mayo 14, 2007

Oscar Wilde en el T.N.C.


Que se represente una obra de Oscar Wilde no debería ser noticia, ya que la presencia de los clásicos debería estar asegurada encima de nuestros escenarios, y digo debería porque por desgracia no se prodigan demasiado.
Pero en el presente caso, la noticia viene doblemente remarcada, al ser la primera vez que un texto de Oscar Wilde sube al escenario del T.N.C., con el texto de "El Ventall de Lady Windermere".
Esta obra nos presenta una reflexión sobre la mediocridad de la sociedad conservadora, en este caso la victoriana. Inglaterra finales del XIX, Lady Windermere, una joven dama de la alta sociedad vive preocupada por las continuas visitas de su marido a la señora Erlynne, mujer de reputación poco mas que dudosa y por supuesto no admitida en los círculos de la alta sociedad. Al saber que su marido corre peligro y mal aconsejada por sus amigas duda de la fidelidad de él, lo cual llegará a complicarse al máximo cuando su marido le pida que invite a la señora Erlynne al baile con motivo de su aniversario. Pero todo tomará un nuevo giro al descubrir la verdadera identidad de la señora Erlynne, papel interpretado por una más que destacable Carmen Elias


Alta comedia con la siempre presente mala uva y poder de denuncia de Oscar Wilde, que hace que esta obra se aparte en gran medida de la comedia agradable y amable, lo cual lleva a acentuar los momentos comicos que a lo largo de ella se producen.


Dirigida por: Josep María Mestres

Reparto : Aleix Albareda, Sílvia Bel, Rosa Cadafalch, Lluís Cancillo, Ramon Cifuentes, Anna Criado, Carme Elias, Ramon Enrich, Borja Espinosa, Matilda Espluga, Salvador Esplugues, Carme Fortuny, Abel Folk, Clara Galí, Lídia Hill, Teresa Lozano, Carles Martínez, Montse Miralles, Víctor Pi, Fiona Rycroft, David Selvas, Conxita Sesé, Artur Trias, Albert Viñas

miércoles, abril 04, 2007

Arthur Rimbaud



Corazón robado ("Le Coeur volé")

Mi triste corazón babea a popa,
mi corazón lleno de tabaco:
sobre él arrojan escupitajos,
mi triste corazón babea a popa:
bajo las burlas de la tropa
que suelta una risotada general,
mi triste corazón babea a popa,
¡mi corazón lleno de tabaco!

Itifálicos y sorchescos
sus insultos lo han depravado!
En la velada narran relatos
itifálicos y sorchescos.
¡Oleajes abracadabrantescos,
tomad mi corazón, salvadlo!
¡Itifálicos y sorchescos
sus insultos lo han depravado!

Cuando sus chicotes hayan cesado,
¿Cómo actuar, oh corazón robado?
Se oirán estribillos báquicos
cuando sus chicotes hayan cesado:
tendré sobresaltos estomáquicos
si degradan mi triste corazón.
Cuando sus chicotes hayan cesado,
¿cómo actuar, oh corazón robado?


Arthur Rimbaud 1871

Este poema de Rimbaud fue escrito a los 17 años, tras la que se cree fue su primera experiencia sexual con un grupo de soldados en los cuarteles de la Rue Babylone en París.


Le Cœur volé

Mon triste cœur bave à la poupe,
Mon cœur couvert de caporal :
Ils y lancent des jets de soupe,
Mon triste cœur bave à la poupe :
Sous les quolibets de la troupe
Qui pousse un rire général,
Mon triste cœur bave à la poupe,
Mon cœur couvert de caporal.

Ithyphalliques et pioupiesques,
Leurs quolibets l’ont dépravé.
Au gouvernail on voit des fresques
Ithyphalliques et pioupiesques.
O flots abracadabrantesques
Prenez mon cœur, qu’il soit lavé.
Ithyphalliques et pioupiesques
Leurs quolibets l’ont dépravé !

Quand ils auront tari leurs chiques
Comment agir, ô cœur volé ?
Ce seront des hoquets bachiques
Quand ils auront tari leurs chiques
J’aurai des sursauts stomachiques :
Moi, si mon cœur est ravalé :
Quand ils auront tari leurs chiques
Comment agir, ô cœur volé ?