jueves, abril 13, 2023
Francisco Pradilla y Ortiz (1848 - 1921)
jueves, octubre 27, 2016
Requiem en re menor (KV 626) de Wolfgang Amadeus Mozart
Se aproxima este día tan especial que es lo primero de Noviembre, Día de Difuntos, en el cual rendimos homenaje y memoria a los seres queridos que nos han abandonado. Aunque últimamente esta celebración se ha visto adulterada con la invasión plastificada en forma de pretenciosos y fríos ramos de flores, así como por una barata copia del Halloween norteamericano. Para huir de esta falsedad se me ha ocurrido traer hasta aquí la que, a parecer mío, es la más bella misa de réquiem compuesta nunca, el Réquiem en re menor (KV 626) de Wolfgang Amadeus Mozart. Obra inacabada por la prematura muerte del genial compositor y dotada de una sorprendente fuerza y espiritualidad, desde su principio con el Kirie y el Días Irae, que hacen poner los pelos de punta, nos sentimos arrabatados por una música que nos deja entrever lo que para Mozart tiene que ser la gloria divina, elevándonos en columnas salomónicas y volutas barrocas de coros angélicos, de serafines y arcángeles hacia lo más alto en un todo ascendiente, para después llevarnos por los caminos de recogimiento y oración.
Pero sin duda esta obra está marcada por los extraños hechos que la rodearon:
En 1791 un desconocido vestido de gris, que rehusó identificarse, se presentó en casa de Mozart encargándole la composición de un réquiem y dándole un adelanto, quedó que volvería un mes más tarde. Pero el compositor fue llamado desde Praga para escribir la ópera "La clemencia de Tito" para festejar la coronación de Leopold II. Cuando subía con su esposa al carruaje que los llevaría en Praga, el desconocido volvió a presentarse, preguntándole por el encargo. Esto sobrecogió al compositor. Más tarde se supo que aquel sombrío personaje era uno enviado del conde Franz Walsseg, la esposa del cual había muerto. El viudo deseaba que Mozart compusiera la misa de réquiem para los funerales de su mujer, pero haciéndola pasar por suya, para lo cual era necesario su anonimato.
Mozart, obsesionado con la idea de la muerte desde que acaeciera la de su padre, así como debilitado por la fatiga y la enfermedad y muy sensible a todo aquello con aspecto sobrenatural - por la vinculación con la francmasonería - e impresionado por el aspecto del enviado repetía: "No me puedo desprender de la imagen del desconocido, lo veo por todas partes y me ruega impaciente que realice el trabajo"; acabó por creer que éste era un mensajero del destino y que el réquiem que iba a componer sería para su propio funeral.
El 4 de diciembre de 1791 pidió a sus amigos, que rodeaban su cama, que le ayudaran a cantar la "Lacrimosa", pero en mitad de la ejecución los sollozos le interrumpieron; más tarde dio a su discípulo Süsmayer indicaciones para acabarla. "Esta noche" (escriben David y Federico Ewen), "su esposa Constanza, su hermana Sofia, y el discípulo Süsmayer se arrodillaron junto a la cama... Se llamó a un sacerdote para que le administraran la extremaunción. A medianoche, Mozart se despidió de su familia. Después se volvió hacia la pared. Cuando lo tocaron comprobaron que había muerto".
A su muerte, Mozart había acabado tres secciones: Introito, Kyrie y Días Irae. Del resto solo dejó las partes instrumentales, el coro, voces solistas y el cifrado del bajo y órgano incompletos, además de anotaciones para su discípulo Franz Xaver Süssmayer. También había indicaciones instrumentales y corales por el Domine Jesu y el Agnus Dei. No había dejado nada escrito por el Sanctus ni la*Communio. Su discípulo Süssmayer completó las partes que restaban de la instrumentación, agregó música donde faltaba y compuso íntegramente el Sanctus. Para la Communio, simplemente utilizó los temas del Introito y el Kyrie, a manera de reexposición, para darle cierta coherencia a la obra.
El estreno del Réquiem se produjo en Viena el 2 de enero de 1793 en un concierto a beneficio de la viuda del músico austríaco. Fue interpretado de nuevo el 14 de diciembre de 1793, durante la misa que conmemoraba la muerte de la esposa de Walsegg.
domingo, febrero 28, 2016
Charles Le Brun o el esplendor de Versailles
Hasta el 14 de Febrero hemos podido disfrutar, en el Caixaforum, de una selección de un centenar de obras del pintor francés Charles Le Brun, primer pintor durante treinta años del rey Luis XIV. Han destacado 30 de los cartones que realizó como dibujos preparatorios para la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, sin duda su gran obra, y de la desaparecida Escalera de los Embajadores.
Muchos de estos cartones, de grandes dimensiones, se han expuesto al público por primera vez desde el siglo XVII. Las obras han sido sometidas a una completa restauración hecha específicamente para esta exhibición.
En 1682 Luis XIV trasladó la corte de Francia de París a Versalles. El artista Charles Le Brun (1619-1690) fue el responsable de planificar esta obra, a la cual dio un tratamiento orquestal: participaron centenares de artesanos y artistas, los mejores de cada disciplina. Le Brun elaboró personalmente algunas piezas, entre las cuales destacan dos composiciones impresionantes: la Escalera de los Embajadores y la Galería de los Espejos, un conjunto de pinturas de madurez de una belleza impresionante.
Se conserva material original excepcional y poco conocido: los cartones preparatorios, que ilustran la última fase del proceso de trabajo del artista. Los cartones muestran el virtuosismo de Le Brun como dibujante, el talento para la construcción de escenas y la minuciosidad en la elaboración de todos los detalles. Son estudios de personajes, figuras alegóricas, trofeos y animales que se integraron en las composiciones, concebidas como un gran rompecabezas simbólico.
Estos cartones se usaban habitualmente entre los siglos XVI y XIX, pero pocas veces han llegado hasta nosotros. Los de Le Brun son una excepción: trescientos cincuenta cartones de un fondo de más de tres mil dibujos procedentes del taller del artista, que al morir en 1690 fueron requisados e integrados a las colecciones reales.
La Escalera de los Embajadores
Los dibujos de Le Brun ofrecen la posibilidad de ver la decoración hoy desaparecida de la Escalera de los Embajadores, con figuras en la misma escala y con la gravedad y el dramatismo del dibujo a lápiz negro.
Era el primer espacio de representación del poder del rey en Versalles, la escalera que conducía a los Grandes Aposentos del Rey y la Reina. Concebida alrededor de 1671 y decorada entre 1674 y 1679, desapareció el 1752 durante el reinado de Luis XV. Le Brun sacó un partido extraordinario de un lugar estrecho que solo recibía luz cenital. Dilató el espacio recurriendo a la ilusión óptica, y mezcló ficción y realidad para crear un ámbito alegórico que representaba el retorno de Luis XIV después de una de sus victorias militares.
Dispuso alrededor del rey las diferentes naciones de los cuatro continentes, los dioses de la antigüedad, victorias, amorcillos y artes: una representación monumental en honor y gloria del monarca absoluto. Los cartones permiten constatar que Le Brun trabajó hasta el último momento en la Escalera de los Embajadores, haciendo retoques y mejorando los dibujos.
La Galería de los Espejos
Las pinturas de la Galería de los Espejos ofrecen la posibilidad de seguir paso a paso el proceso de trabajo del artista desde los primeros apuntes, en formatos pequeños y con la fuerza del trazo en movimiento, hasta los dibujos finales de la misma medida que las pinturas. También se pueden contemplar las copias en grabado del conjunto de la obra, que tenían la finalidad de darla a conocer más allá de las fronteras de Francia y contribuir así a la fama del monarca.
En la pintura europea, la figura del rey se encarnaba tradicionalmente en una figura mitológica: Apolo, Hércules. Le Brun presenta al propio rey encabezando sus conquistas, con coraza antigua y peluca moderna, dialogando con los dioses y las alegorías. Dos de las escenas más importantes del techo están representadas: la decisión del rey de gobernar por sí mismo y la guerra con Holanda. Uno de los episodios más famosos de esta guerra, El paso del Rin el 1672, se muestra a través de los cartones tal como se encontraban en el estudio de Le Brun.
jueves, abril 02, 2015
Ferdinando Paër: La Passione di Gesù Cristo
Durante el siglo XVIII y principios del siglo XIX los textos del oratorio de Pietro Metastasio (1698-1782) fueron los más empleados para los arreglos musicales de la Pasión. Compositores como Jommelli, Holzbauer, Naumann, Salieri, y Paisiello utilizarán los textos de Metastasio, aunque en tres ocasiones recurrieron a los textos de Pietro Bagnoli (1764-1847). Estos textos serán los que utilizará Ferdinando Paër por La Passione di Gesù Cristo (1810)
Nacido en Parma, Paër fue uno de los compositores de ópera más importantes de su generación y una de las más importantes e influyentes personalidades musicales de Europa. Ya desde sus primeras obras, tanto vocales como instrumentales, demostró su extraordinaria imaginación. La Pasión de Jesucristo, llena de momentos de alta expresividad, es un gran ejemplo. En 1791 se convirtió en Maestro de Capilla en Venecia, donde permaneció hasta 1797. De 1802 a 1806 ocupó la dirección de la Capilla de la Corte de Sajonia en Dresde. En 1806, acompañó a Napoleón, gran admirador suyo, en Varsovia y después en París, donde fue director de la Capilla Imperial y después del Teatro Italiano (1812-1827). Primero sucedió a Spontini y después tuvo que compartir la dirección con Rossini (entre 1824 y 1826). En 1831 es escogido como miembro de la Academia de Bellas Artes y en 1832 fue designado director de su orquesta por el rey Luis Felipe I de Francia.












































