dilluns, d’octubre 06, 2008

Decadentismo: Baudelaire y Lautréamont

Carlos Schwabe "destrucción" ilustración para Las flores del mal 1900

El decadentismo es una corriente cultural que entra en contacto directo con el dandismo; pero mientras este último posee un carácter social, el decadentismo se verá plasmado en las artes plásticas, escénicas y literaturas. El movimiento decadentista comenzó a mediados del S. XIX y verá su plasmación a principios del S. XX, siendo heredero directo del romanticismo y del simbolismo.
Literariamente nos encontramos con unos textos dominados por el barroquismo y una mirada hacia las culturas antiguas en medio de un marco de gran intelectualismo.
El artista decadentista se caracterizara por una máxima sofisticación, es un ser de vuelta de todo, todo lo ha vivido y todo lo ha experimentado.

Charles Baudelaire fotografia de Nadar 1862

Los textos en que mejor queda reflejado este mundo son: "Las Flores del Mal" de Baudelaire, quien será considerado el padre de esta corriente, y "Los Cantos de Maldoror" del Conde de Lautréamont

LOS FAROS

Rubens, río de olvido, jardín de la pereza
Almohada de carne fresca donde no se puede amar,
Pero donde la vida afluye y se agita sin cesar,
Como el aire en el cielo y la mar en la mar.

Leonardo de Vinci, espejo profundo y sombrío,
Donde ángeles encantadores, con una suave sonrisa
Cargada de misterio, surgen a la sombra
De los glaciares y de los pinos que encierran sus tierras.

Rembradt, triste hospital colmado de murmullos,
Y un gran crucifijo decora solamente,
Donde la oración en llanto se despide de la basura,
Y donde un rayo de invierno la atraviesa bruscamente;

Miguel Angel, vago lugar donde se ven Hércules
Mezclarse a los Cristos, y se levantan todos rígidos
Fantasmas poderosos que en los crepúsculos
Desgarran su sudario estirando los dedos;

Cóleras de boxeador, impudor de fauno,
Tú que supiste recoger la belleza de los granujas,
Gran corazón lleno de orgullo, hombre débil y amarillo,
Puget, melancólico emperador de los forzados;

Watteau, ese carnaval donde tantos corazones ilustres,
Como mariposas, vagan centelleando,
Decorados frescos y ligeros iluminados por arañas
Que vuelcan la locura en este baile giratorio;

Goya, pesadilla repleta de cosas desconocidas,
De fetos que se hacen cocer en medio de los sabbats,
De viejas frente a espejos y niñas desnudas,
Para tentar a los demonios ajustando bien sus medias;

Delacroix, lago de sangre que frecuentan ángeles malvados,
Sombreado por un bosque de abetos siempre verde,
Donde bajo un cielo de pena, extrañas fanfarrias
Pasan, como un leve suspiro de Weber;

Esas maldiciones, esas blasfemias, esos lamentos,
Esos éxtasis, esos gritos, esos llantos, esos Te Deum,
Son un eco repetido por mil laberintos;
Son para los corazones mortales, un opio divino!

Es un grito repetido por mil centinelas,
Una orden transmitida por mil portavoces;
Es un faro iluminado sobre mil ciudadelas,
Un llamado de cazadores perdidos en los grandes bosques!

Porque en verdad, Señor, el mejor testimonio
Que nosotros podríamos dar de nuestra dignidad
Es el ardiente sollozo que rueda las edades
Y viene a morir al borde de tu eternidad!


Isidore Lucien Ducasse, Conde de Lautréamont

"Los Cantos de Maldoror" del Conde de Lautréamont.

LOS CANTOS DE MALDOROR

CANTO PRIMERO

Ruego al cielo que el lector, animado y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre,
sin desorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno, pues, a no ser que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual semejante al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma lo mismo que hace el agua con el azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro. En consecuencia, alma tímida, antes de que penetres más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, de igual manera que los ojos de un hijo se apartan respetuosamente de la augusta contemplación del rostro materno; o, mejor, como durante el invierno, en la lejanía, un ángulo de grullas friolentas y meditabundas vuela velozmente a través del silencio, con todas las velas desplegadas, hacia un punto determinado del horizonte, de donde, súbitamente, parte un viento extraño y poderoso, precursor de la tempestad. La grulla más vieja, formando ella sola la vanguardia, al ver esto mueve la cabeza, y, consecuentemente, hace restallar también el pico, como una persona razonable, que no está contenta (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello desprovisto de plumas, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondulaciones coléricas que presagian la tormenta, cada vez más próxima. Después de haber mirado numerosas veces, con sangre fría, a todos los lados, con ojos que encierran la experiencia, prudentemente, la primera (pues ella tiene el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las otras grullas, inferiores en inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geométrica (es tal vez un triángulo, aunque no se vea el tercer lado, lo que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), sea a babor, sea a estribor, como un hábil capitán, y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, porque no es necia, emprende así otro camino más seguro y filosófico.
Lector, quizás desees que invoque al odio en el comienzo de esta obra. ¿Quién te dice que no has de olfatear, sumergido en innumerables voluptuosidades, tanto como quieras, con tus orgullosas narices, anchas y afiladas, volviéndote de vientre, semejante a un tiburón, en el aire hermoso y negro, como si comprendieras la importancia de ese acto y la importancia no menos de tu legitimo apetito, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones? Te aseguro que los dos deformes agujeros de tu horroroso hocico, oh monstruo, se regocijarán, si te dispones de antemano a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita de lo Eterno. Tus narices, desmesuradamente dilatadas por la inefable satisfacción, por el éxtasis inmóvil, no pedirán otra cosa al espacio, embalsamado de perfumes e incienso, pues se colmarán de una dicha completa, como los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los gratos cielos.

Ilustración de Frans De Geetere 1927

En sólo unas líneas estableceré que Maldoror fue bueno durante los primeros años de su vida y vivió dichoso; dicho está, luego se apercibió de que había nacido perverso: ¡fatalidad extraordinaria!
Ocultó su carácter como pudo, durante un gran número de años, pero al final, a causa de esa
reconcentración que no le era natural, cada día la sangre le subía a la cabeza, hasta que no pudiendo soportar más semejante vida, se arrojó resueltamente por la senda del mal... ¡atmósfera dulce!
¿Quién lo hubiera dicho? Cuando besaba a un niño de rostro rosado hubiera querido rebanarle las mejillas como con una navaja, y muy a menudo lo hubiera hecho, si la Justicia, con su largo cortejo de castigos, no lo hubiera impedido cada vez. No era mentiroso, confesaba la verdad, y se decía cruel. Humanos, ¿habéis oído? ¡Se atreve a repetirlo con esta pluma que tiembla! Así, pues, existe un poder más fuerte que la voluntad... ¡Maldición! ¿Querría la piedra sustraerse a las leyes de la gravedad? Imposible. Imposible, si el mal quisiera conjugarse con el bien. Es lo que yo decía más arriba.
Aquí hay quienes escriben para conseguir los aplausos de los hombres, por medio de nobles
cualidades del corazón que la imaginación inventa o que ellos puedan tener. ¡Yo hago servir mi genio para pintar las delicias de la crueldad! Delicias no pasajeras ni artificiales, sino que, al
comenzar con el hombre, terminarán con él. ¿No puede el genio aliarse con la crueldad en las
resoluciones secretas de la Providencia? ¿O porque se sea cruel se tiene que carecer de genio? La
prueba se verá en mis palabras; vosotros sólo tenéis que escucharme, si queréis... Perdón, me pareció que los cabellos se me habían erizado, pero no es nada, pues con mi mano he conseguido colocarlos fácilmente en su primera posición. El que canta no pretende que sus cavatinas sean algo desconocido, al contrario, se satisface de que los pensamientos altivos y perversos de su héroe estén en todos los hombres.
He visto, durante toda mi vida, sin una sola excepción, a los hombres de hombros estrechos realizar numerosos actos estúpidos, embrutecer a sus semejantes, y pervertir a las almas por todos los medios. A los motivos de su acción le llaman: la gloria. Viendo esos espectáculos, he querido reír como los demás; pero eso, extraña imitación, era imposible. Tomé un cuchillo cuya hoja tenía un filo acerado y me sajé la carne en los sitios donde se unen los labios. Por un instante creí haber conseguido mi objeto. Contemplé en un espejo la boca maltratada por mi propia voluntad. ¡Fue un error! La sangre que brotaba abundante de las dos heridas pedía, por otra parte, distinguir si en verdad era la de los otros. Pero después de unos instantes de comparación, vi bien que mi risa no se parecía a la de los humanos, es decir, que yo no reía. He visto a los hombres de cabeza fea y ojos terribles hundidos en las oscuras órbitas, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, el furor insensato de los criminales, las traiciones del hipócrita, a los comediantes más extraordinarios, la fuerza de carácter de los sacerdotes, y a los seres más ocultos al exterior, los más fríos del mundo y del cielo, dejar a los moralistas que descubran su corazón, y hacer recaer sobre ellos la cólera implacable de las alturas. Los he visto a todosa la vez, con el puño más robusto dirigido hacia el cielo, como el de un niño ya perverso contra su madre, probablemente excitados por algún espíritu infernal, con los ojos recargados de un remordimiento punzante y al mismo tiempo vengativo, en un silencio glacial, sin atreverse a manifestar las vastas e ingratas meditaciones que encubría su seno -tan llenas estaban de injusticia y horror-, y entristecer así de compasión al Dios misericordioso; otras veces, a cada momento del día, desde el comienzo de la infancia hasta el fin de la vejez, diseminando increíbles anatemas, que no tenían el sentido común, contra todo lo que respira, contra ellos mismos y contra la Providencia, prostituir a las mujeres y a los niños, y deshonrar así las partes del cuerpo consagradas al pudor.
Entonces las madres levantan sus aguas, sumergen en sus abismos los maderos; los huracanes y los temblores de tierra derriban las casas; la peste y la diversas enfermedades diezman a las familias suplicantes. Pero los hombres no lo perciben. También los he visto enrojecer o palidecer de vergüenza por su conducta en esta tierra; aunque raramente. Tempestades hermanas de los
huracanes, firmamento azulado cuya belleza no admito, mar hipócrita, imagen de mi corazón, tierra de seno misterioso, habitantes de las esferas, universo entero, Dios que los has creado con
magnificencia, a ti te invoco: ¡muéstrame a un hombre bueno! Y entonces, que tu gracia decuplique mis fuerzas naturales, pues ante el espectáculo de ese monstruo, yo puedo morir de asombro: se muere por mucho menos.
Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh, qué dulzura entonces arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre su labio superior, y, con los ojos muy abiertos, hacer el simulacro de pasar suavemente la mano por la frente, inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, súbitamente, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, de manera que no muera, pues si muriera no podríamos contar más tarde con el aspecto de sus miserias. A continuación se le bebe la sangre lamiendo las heridas, y durante ese tiempo, que debería durar tanto como la eternidad, el niño llora. Nada hay tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decir, y aún muy caliente, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado tu sangre cuando al azar te has cortado un dedo? Está muy buena, ¿no es cierto?, pues no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas el día en que, en medio de tus lúbricas reflexiones, llevaste la mano en forma de hueco sobre tu rostro enfermizo humedecido por lo que resbalaba de tus ojos, mano que se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos tragos en esa copa, trémula como los dientes del alumno que mira de reojo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas? Las lágrimas están buenas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal: aquella que ama mucho traiciona antes o después... lo adivino por analogía, aunque ignoro qué es la amistad o qué es el amor (y es probable que nunca lo acepte, al menos de parte de la raza humana). Por lo tanto, y puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate con confianza de las lágrimas y de la sangre del adolescente.
Véndale los ojos mientras desgarras su carne palpitante, y, después de haber oído durante largas
horas sus gritos sublimes, semejantes a los profundos estertores que en una batalla lanzan las
gargantas de los heridos agonizantes, habiéndote apartado como una avalancha, te precipitarás desde la habitación vecina y harás el simulacro de ir en su ayuda. Le desatarás las manos de nervios y venas hinchadas, devolverás la vista a sus ojos extraviados, y te pondrás a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Qué verdadero es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que existe entre nosotros, y que tan raramente se manifiesta, aparece entonces, aunque ¡demasiado tarde! Cómo se derrama el corazón cuando puede consolar al inocente a quien se le ha causado daño: «Adolescente que acabas de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer contigo un crimen que no sé cómo calificar?
¡Desgraciado de ti! ¡Cómo debes sufrir! Si tu madre lo supiera, ella no estaría más cerca de la
muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que yo estoy ahora. ¡Ay! ¿Qué es entonces el bien y el mal? ¿Es la misma cosa, por medio de la cual testimoniamos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcanzar el infinito, incluso por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas
diferentes? Sí... es mejor que sean una misma cosa... pues, sino, ¿en qué me convertiría el día del
Juicio Final? Adolescente, perdóname: el que se halla ante tu rostro noble y sagrado es el que ha roto tus huesos y desgarrado tu carne, que cuelga de diferentes lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón enferma, un instinto secreto que no depende de mis razonamientos, semejante al del águila que desgarra a su presa, lo que me ha empujado a cometer este crimen, y que, sin embargo, me hace sufrir tanto como a mi víctima? Adolescente, perdóname.
Cuando hayamos abandonado esta vida pasajera, quiero que estemos abrazados por toda la eternidad, que formemos un solo ser, mi boca unida a tu boca. Incluso de este modo mi castigo no será completo. Entonces tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio y los dos sufriremos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a tu boca. ¡Oh adolescente de cabellos rubios y ojos tan dulces!, ¿harás ahora lo que te aconseje? Aunque te pese, quiero que lo hagas, y mi conciencia volverá a ser feliz.» Después de haber hablado así, habrás hecho daño a un ser humano, pero habrás sido amado por el mismo ser: es la mayor felicidad que pueda concebirse. Más tarde podrás internarlo en un hospital, pues el tullido
no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre la gran tumba ocultarán tus pies desnudos al rostro anciano. ¡Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen, se que tu perdón fue inmenso cómo el universo! ¡Pero yo existo todavía!

Ilustración de Frans De Geetere 1927

Un mundo que huye de lo cotidiano en una especie de nihilismo exhibicionista.
El Movimiento Decadentista será un reflejo de la deshumanización y enajenación que el progreso ha promovió en sociedad occidental. Irónicamente para significarse la posición de superioridad del hombre sobre los valores seculares, los autores decadentes alabarán el artificio, la vida vista desde un punto de vista meramente estético.
En el S.XIX las relaciones homosexuales eran vistas como algo artificial, esta será la razón central de la alineación de la mayoría de los homosexuales con el movimiento. Además, la superior valoración de un mundo ideal sobre los modos de vida convencionales, así como la abierta desaprobación de valores morales convencionales fue la otra causa que llevó a la afiliación, en el movimiento decadentista, a la mayoría de homosexuales y lesbianas.

+ información

http://es.wikipedia.org/wiki/Baudelaire
http://es.wikipedia.org/wiki/Conde_de_Lautréamont

20 comentaris:

dvd ha dit...

Textos de una tensión narrativa extrema, al borde del paroxismo... Genio y locura íntimamente imbricados... no puede ser de otra manera. Maravillosos...

Vulcano Lover ha dit...

Cuánta información... desde luego qué rigor a la hora de informarnos y de hacernos crear curiosidad...

Mery ha dit...

Tengo que volver luego a leerte con mas detenimiento.
Ultimamente te veo de un afrancesado que me encanta.
Un abrazo

finnegan bell ha dit...

vamos, lo justito para que te dé el síndrome de baudelaire (que es como el síndrome de stendhal, pero aún más recargao!)

estupendo (y documentadísimo) post. aunque a mí la cosa francesa no me va mucho...

muchos besos.

@ELBLOGDERIPLEY ha dit...

Gran admirador del decadentismo y del dandismo, qué grandes poetas Lautréamont y Baudelaire, casi iluminados, recreando, loando, paraísos artificiales, perdidos..., a los que dedicas una preciosa y documentada entrada.
Como diría Baudelaire: "Mi corazón es un palacio devastado por la turba"...Grandes poetas, maestros del arte en las palabras...
Petons.

Justo ha dit...

La literatura generaba todavía vida y pensamiento, surgían corrientes, actitudes, protestas. Estaba en movimiento, fluía.

Ahora está estancada como un charco fétido. -No es por quejarnos siempre, hay otras cosas que mejoraron, pero ésta desde luego no-.

¡El texto de Lautréamont es increíble! Pocos párrafos habrá con tantísimos sustantivos y adjetivos de connotación negativa ,que se agolpan obscenamente. Es una lectura enferma, vampírica, diabólica porque mancilla la inocencia, hermosa cómo no aunque sea de modo invertido.

Abrazos.

El Deme ha dit...

Estos dos autores te meten de lleno en una piscina sin limpiar desde hace mucho tiempo... uno sale con el cuerpo descompuesto. Y es que, cómo ver la belleza entre tanta basura?

Rosadefuego ha dit...

Por momentos he sentido ganas de no seguir leyendo, que palabras terribles. El sabor de la sangre, el sabor de las lágrimas... el sabor del dolor, de la incompresión.
¿Qué la sangre no tiene sabor?. Tiene sabor dulzón, a hierro antiguo.

pe-jota ha dit...

Y sin embargo ahí esta la belleza, desvergonzada, corrupta, depravada, estos autores supieron mirar en el lado oscuro del ser humano sin miedos, sin convenciones a las que rendir pleitesia, de una forma obscena y cruel, buscando las tosas del fango y la degradación, hoy en día sería imposible, sólo un mero juego de espejos convencionales buscando el aplauso del público y algunas exclamaciones timoratas.
Sabía que los textos eran difíciles, pero son páginas llenas de grandiosidad, tétrica sí, depravada, puede, pero grandiosas.

Xavier ha dit...

A nivell literari reconec la meva minsa cultura i mes amb escriptors francesos. Oscar Wilde si se que pertanyia a aquest moviment i com a obra mes llegida del “decadentisme” El retrato de Dorian Gray. Musicalment Wagner representava perfectament aquesta tendència. Un moviment massa dens per el meu gust, amb quedo amb la musica.
Magnifica entrada.

senses or nonsenses ha dit...

joerrr, cómo te pasas...
a mí me encanta Las flores del mal de baudelaire.

la belleza está en todas partes incluso en la basura.

eres el mejor.

un abrazo.

MM de planetamurciano.tk ha dit...

Es curioso; mientras ke soy un apasionao de lo barroco visualmente hablando, en la lectura me puede.

Justo ha dit...

Por cierto, qué sugerente, el rostro de Isidore Lucien, conde de Lautréamont.. en ese rostro está todo, no me extraña que genere lo que generó.

Pilar M Clares ha dit...

Te felicito por este post que no sé por dónde empezar a comentar.
Encontrar la palabra de Baudelaire, las de Lautreamont tan bien hiladas a su contexto por ti, me deja poco que añadir excepto volver a los textos, especialmente del poeta de las Flores del Mal como hago a menudo.
Todo ese análisis de lo esencial humano deja la fragancia de la duda existencial aplicada a todo el conocimiento, el sentimiento, el deseo, la individualidad. Sobran mis palabras.
Un abrazo

guillermo ha dit...

gracias pe.jota tu siempre sabes leer el dolor, nada me engaña sobre ti, tienes un doble corazon que mira al arte y al ser humano, demasiado humano. Tu eres eso demasiado humano por eso me habito de tus palabras. guillermo

ARD C ha dit...

Hummm y hummm, dos autores que desde muy temprana edad han contribuido a la creación del que ahora escribe,se echa de menos un toque de ópio y miel para mitigar el amargor. Digno continuador mas moderno es Jesus Ferrero que casi hace una sintesis de los dos en su Belver Yin.
Saludos y disculpas por el retraso, los fontaneros... ya se sabe.

Abrazote.

Alberich-Henri (eso si que es decadente) ha dit...

Baudelaire, a sus pies estaria yo su aun estaria con nosotros
Rimbaud, a sus pies estaria yo si aun estaria con nosotros.
Lautreamont... pues claramente no.

De paso envio esto :

Ton test n'aura plus de peau,
Ni ton visage si beau
N'aura veines ni artères :
Tu n'auras plus que les dents
Telles qu'on les voit dedans
Les têtes des cimeteres.

Ronsard 1524-1585 (quand au temple nous serons)

Interesante paralelo con Baudelaire (remords posthumes):

Lorsque tu dormiras, ma belle ténébreuse...
...Et le ver rongera ta peau comme un remords.

Esos franceses...Como no se les occure escribir en castellano como Dios manda.

Sobre el mismo tema del decadentismo, dos otro autores : Huysmans y Mirbeau.

Sin olvidar Maeterlinck (pero eso ya es quinto grado y ademas era belga, menos mal)

Ciao

Mery ha dit...

Alberich-Henri ¿a qué o quién me suenan tus comentarios?

shysh ha dit...

Otro libro perdido. Por qué la gente no devuelve lo que toma prestado?

Pablo G ha dit...

Lautrémont y Baudelaire en el mismo post y los surrealistas no aparecen por ningún lado.
Solo por eso enhorabuena.